29 de octubre de 2014

Estado transitorio de desesperación profunda.

Imagina que, por un momento, el mundo se queda parado y tú sigues avanzando. Que nadie se mueve, nada cambia, sólo tú. Que construyes y destruyes a tu antojo - y nadie te ve-. Imagina una realidad paralela en la que todo es como tú quieres que sea. En la que pintas al príncipe amarillo y el cielo rosa. Un anuncio de compresas.
Imagina ahora todo lo contrario. Una habitación cerrada con vistas a ti. Un mundo que cambia mientras tú no puedes verlo. Es como llevar a un ciego a un mirador y decirle que las vistas son preciosas. Ponerle a un sordo tu canción favorita y esperar que la disfrute. Una putada.
Ojalá pudiera afirmar que no sé lo que es querer morir. De verdad. Yo vendería eso que otros llaman valentía a cambio de todo el miedo que la ha generado. De qué sirve ser fuerte cuando no lo eres suficiente. Soy ese "casi" que nunca llegó a ser del todo y a veces se siente muy incapaz. Casi siempre.
A veces sigo teniendo miedo. 
Imagina que te reduces a la mitad. Y después, a la mitad de la mitad. Y más tarde a la mitad de la mitad de la mitad. Imagínate que mermas tus capacidades. Imagina que, de repente, te cortan las piernas. Mi más sentida admiración para la gente a la que le sucede y sobrevive - y vive - el resto de su vida. Una vez dije que las cosas siempre parecen menos desde fuera que desde dentro. Que estamos preparados para soportar todo el dolor que recibimos. Aprendí a nadar tirándome a una piscina que me cubría entera; ahora me contradigo: yo no podría según qué cosas. Yo no querría.
Siempre he dicho que si no consigues algo es porque no lo quieres lo suficiente. O quizás porque lo quieres demasiado, o porque no sabes quererlo. Y ojalá la práctica fuera tan bonita como toda esa teoría que creemos controlar. Apunto el día de hoy en el calendario como aquel martes que podría ser miércoles, jueves o domingo en el que asumí que muchas veces somos capaces, pero no siempre. Que siempre se puede todo, pero quizás no ahora. Que igual hay que dejar para mañana lo que no puedes hacer hoy, aunque joder.
Yo creo que lo que más nos asusta de las cosas, incluso de las buenas, es no saber cuánto van a durar. No saber dónde está el final del camino a veces te mata. Saber que quizás te rindes un minuto antes de llegar te hace seguir. Pero hasta cuándo, hasta dónde. Asumamos de una puta vez que en la vida siempre existen límites (y lo siento, pero aunque sea en pequeñito tengo que escribir un - para saltárnoslos- ).