24 de junio de 2017

Inconexa

Soy un montón de pedazos imposibles de unir. La impotencia que supone comenzar a montar un puzzle y ver que todo parece formar una imagen pero las piezas no encajan. Huecos. En blanco quedan esquinas de sentimientos que no soy capaz de explicar. Una tristeza infinita respaldada con la valentía del que ya no tiene miedo a perder nada. La apatía de la no-sonrisa de alguien que vive cada día como un autómata. Que hace algo simplemente porque hacer algo es mejor que no hacer nada. A veces me acuerdo sonreír cuando veo a alguien especial hacerlo. Fantaseo con la idea de volver a ser feliz y que la mala racha pase. Nunca dejaré de ser de esas personas que quiere que funcione exactamente la máquina que está estropeada. Conformarse no es una opción para los que siempre han soñado con volar. Escribir siempre será el modo de intentar entenderme pero hace tiempo que las palabras dejaron de ser capaces de canalizar la rabia. Quiero más de lo que tengo, quiero más de lo que puedo (o al menos, más de lo que he podido hasta ahora). He intentado simplificarme en todos los formatos pero sigo siendo demasiado complicada para no quemar. Exploto como una bomba y provoco daños irreparables. Sobrevivo por suerte y con la desgracia de saber que volveré a explotar. Los mejores momentos de mi vida son los aquellos en los que no sucede nada malo y puedo disfrutar de la belleza de lo normal. Hacer planes aunque pocas veces se cumplan me mantiene con vida. Siempre debemos sonreír por nosotros mismos, pero cuando nosotros mismos no somos suficiente motivo no es tan malo sonreír por otros. Me he clavado diez puñales en el pecho y sigo viva. Cuando no tengo fuerzas me repito a mi misma que no voy a perder tiempo en descansar cuando hay todo un mundo por delante si me levanto. Y aunque algunas veces no consiga dar ni un paso antes de volver a caer (a veces, un tropiezo, otras un empujón, pero caer al fin y al cabo) mientras no me guste el suelo seguiré luchando por seguir adelante.