29 de noviembre de 2010

El caballero de la Armadura Oxidada

Ultimamente no tengo demasiado tiempo para leer cosas que quiero leer, y eso me enerva. Pero entre las lecturas por obligación, los apuntes, etc. queda poco tiempo libre para la literatura. Sin embargo, me he terminado este libro pequeñito que me dejó un amigo y llevaba tiempo queriendo saborear. La verdad es que me ha decepcionado un poco aunque me encantan los libros de autoayuda. Me parece que una cosa es dar un poquito de optimismo y otra muy diferente, crear una utopía que es lo que hace el libro. Me gusta la metáfora del caballero que por tal de agradar a los demás termina olvidandose de sí mismo y quedando atrapado en una armadura que él ha construido, y el viaje que emprende para destruirla, pero en algunas partes es demasiado excesivo. Aún así, no deja de ser un cuento de esos que te hacen pensar. A continuación pongo los textos que más me han gustado:

-¿Qué es? - Preguntó el caballero.
-Vida.
-¿Vida?
-Sí.-Dijo el sabio mago-. ¿No os pareció amarga al principio y, luego, a medida que la degustabais, no la encontrabais cada vez más apetecible?.



-Una vez dijisteis que me había puesto esa armadura porque tenía miedo.
-¿No es eso verdad?- respondió Merlin.
-No, la llevaba para protegerme cuando iba a la batalla.
-Y temíais que os hirieran de gravedad o que os mataran. -añadió Merlin.
-¿Acaso no lo teme todo el mundo?
Merlín negó con la cabeza.
-¿Y quién os dijo que teníais que ir a la batalla?
-Tenía que demostrar que era un caballero bueno, generoso y amoroso.
-Si realmente erais bueno, ¿por qué teníais que demostrarlo?


-Es una batalla diferente la que tendréis que librar en el Sendero de la Verdad. La lucha será aprender a amaros.
-¿Cómo haré eso?- preguntó el caballero.
-Empezareis por aprender a conoceros.



-Los animales aceptan y los humanos esperan. Nunca oireis a un conejo decir "espero que el sol salga mañana para poder ir al lago a jugar". Si el sol no sale no le estropeará el día al conejo. Es feliz siendo un conejo.
El caballero pensó en esto. No recordaba a ninguna persona que fuese feliz simplemente siendo una persona.


-La mayoría de la gente está atrapado en su armadura.- Declaró el Rey.
-¿Qué quereis decir?
-Ponemos barreras para protegernos de quienes creemos que somos. Luego un día quedamos atrapados tras las barreras y ya no podemos salir.



-Permanecer en silencio es algo más que no hablar- Dijo el Rey.- Descubrí que cuando estaba con alguien, mostraba solo mi mejor imágen. No dejaba caer mis barreras, de manera que ni yo ni la otra persona podíamos ver lo que yo intentaba esconder.


-Pusiste una armadura entre tú y tus verdaderos sentimientos. Ha estado ahí durante tanto tiempo que se ha hecho visible y permanente.
-Quizás sí escondí mis sentimientos. -Dijo el caballero- Pero no podía decir simplemente todo lo que se me pasaba por la cabeza y hacer todo lo que me apetecía. Nadie me hubiera querido.-El caballero se detuvo al pronunciar estas palabras, pues se dió cuenta que se había pasado la vida intentando agradar a la gente.

23 de noviembre de 2010

Quizás sí.

Quizás sí eche de menos. Quizás me toque reconocer que por muy independiente y autosuficiente que uno sea, hay cosas que siempre llevas en tu corazón. A veces algo tan simple como un olor te transporta a los recuerdos de aquel lugar que llamabas casa. De aquel lugar del que te alejaste hasta llegar a olvidarlo. Y no puedo evitar que venga la nostalgia, el miedo a hacerme demasiado mayor. Navidad. Frio. Luces en la calle. Arboles en los centros comerciales. Familias empaquetando regalos, comprando turrón y montando el árbol, colgando las bolas y colocando la estrella. Imágenes que acuden como flashes a mi cabeza. El serrín, el musgo, el niño jesús, los mazapanes, los villancicos... el frío, las panderetas. Las doscientas personas juntandose en una casa con una sonrisa en la boca. Ella llamandome cocoliso, todos jugando. Nostalgia. Son momentos que nunca se repetirán. Momentos de los que ya no queda nada. Nadie es lo que fue. Quizás nada fue lo que parecía. Y toca seguir adelante, admitir que no existe y no existió. Las Navidades nunca serán lo mismo, es cierto. Sin embargo, "Todas deseamos un jefe perfecto, un conjunto perfecto y un coche perfecto. Pero quizás lo mejor no sea abandonar, sino buscar los accesorios que mejor le convinen."

21 de noviembre de 2010

Incapaz

No entiendo porque soy tan incapaz. Incapaz de contestar "yo también" cuando me dices "te quiero". Incapaz de decirte que estaría dispuesta a darlo todo por tí cuando me propones emprender algo juntos. Incapaz de confesarte que pienso en tí más de 24 horas al día. Incapaz de reconocer que me importas. No sé porque tengo tanto miedo a perderte. No sé porque no puedo decir lo que siento...

17 de noviembre de 2010

Controlar el tiempo.

Una de las cosas que me parecen más maravillosas e incomprensibles es el tiempo. Lo rápido que pasa algunas veces. Sin que te des cuenta vives y cuando miras atrás, han pasado tres años. Y lo lento que se vuelve cuando las manecillas del reloj no giran por más que bajes la vista una o diez veces. La impotencia que te produce cuando necesitas más, porque tienes que hacer demasiadas cosas en un periodo corto y otras veces, te sobra y no eres capaz de rellenar esos pequeños espacios. Me gustaría hacerme una experta en eso de administrarlo, ya que no existen los "giratiempos" del mundo de Harry Potter, y tampoco el famoso botón de "◄◄retroceder ►play ▌▌pause►► avanzar" inventado por el facebook. Despúes de darle muchas vueltas he llegado a la conclusión de que por más que uno se esfuerce en aprobechar la vida al máximo, pocas veces lo conseguimos. Es tan inevitable ir perdiendo segundos... los segundos que pierdes cuando tardas en acercarte a alguien que vale la pena, mientras te planteas si mostrar o no tus sentimientos, cuando tratas de decidir sobre qué camino tomar. Los segundos que se ponen en medio entre una de tus acciones y la siguiente. Y entonces me asalta otra idea la cabeza, otra idea completamente diferente: ¿Los estamos perdiendo realmente? Puede que no. Estamos pensando, valorando, ¿es pensar perder el tiempo? Puede que esté bien dejar volar al corazón pero la razón también debe jugar un papel importante. Y volvemos a eso de que los extremos no son buenos, de todo en su justa medida. ¿Cómo se determina el punto en el que se equilibra la balanza? Ojalá fuera tan fácil como un problema de microeconomía. En este milisegundo solo quiero que el reloj se pare o se acelere pero que deje de ir a ritmo normal, que las dudas se disipen que las preguntas se contesten y que haya vivido alguna más de las cosas que me quedan por vivir.

15 de noviembre de 2010

Veronika decide morir- Paulo Coelho

Nueva semana, nuevo apartado. Me apasiona la lectura y me gustaría poder algún día recordar de alguna manera libros que vaya leyendo y lo que me hicieron sentir en ese momento para así, si me da por verlos a leer, pueda comparar vivencias pasadas y presentes. Iré hablando poco a poco de los ya leídos que más me han llegado, y como no, tenía que empezar con "Veronika decide morir", de Paulo Coelho.
Veronika decide morir
El autor nos traslada a Llubjana, y nos cuenta la historia de Veronika: una chica aparentemente "perfecta", guapa, buena estudiante, con una familia, con bastantes chicos detrás que un día decide, "de repente", que quiere acabar con su vida, ya que por un lado le obsesionan los problemas del mundo que no puede solucionar y por otro siente que todo lo que hace es rutinario, aburrido y no tiene sentido. Sin embargo, su intento de suicidio fracasa, por lo que despierta internada en Villete, un psiquiatrico donde aprenderá a conocerse a sí misma. Eso sí, tiene una sentencia: solo le quedan unos cuatro-cinco días de vida, pues la ingesta de medicamentos ha probocado un fallo en su corazón y este terminará por pararse.
Veronika cambiará su forma de ver la vida, aprenderá a quererse y a disfrutar al máximo de los pequeños placeres que antes no sabía valorar, se permitirá sentir sin ataduras y olvidará los miedos. Además influirá en otros personajes del psiquiátrico, que comenzarán a ver a través de los ojos de esa jóven con limite de tiempo y a replantearse el valor de algo que ellos si poseen: tiempo.
El final de la historia es sorprendente e ingenioso, pero sin duda me quedo con el cambio que ese libro produjo en mi. Supongo que si me llegó tanto fue por lo fácil que empaticé con Veronika desde el primer momento: una chica que lo tiene todo pero no tiene nada. Alguien que no sabe valorarse a sí mismo. Insegura y poco consciente de su valor. Es un libro que te invita a aprobechar el tiempo y a sentir la vida y que creo que todo el mundo debería leer, porque engancha.
Pongo algunos fragmentos especiales:

-Tengo una hija de tu edad. Cuando llegaste aquí, llena de sueros y tubos, me puse a pensar porqué una chica bonita, jóven, que tiene una vida por delante, había decidido quitarse la vida. Pronto comenzaron a correr historias: la carta que dejaste (y que nunca creí que fuera el verdadero motivo) y los días contados por causa de un problema incurable del corazón. No podía apartar de mi mente la imágen de mi hija: ¿Y si ella decidía hacer algo parecido? ¿Por qué ciertas personas intentan ir en contra del orden natural de la vida, que es luchar para sobrevivir de cualquier manera?
-Por eso estaba llorando-dijo Veronika. -Cuando tomé las pastillas yo quería matar a alguien que detestaba. No sabía que existían dentro de mí otras Veronikas a las que yo sabría amar.
-¿Qué es lo que hace que una persona se odie a sí misma?
-Quizás la cobardía. O el eterno miedo de equivocarse, de no hacer lo que otros esperan. Hace algunos minutos yo estaba alegre, había olvidado mi sentencia de muerte; cuando volví a entender la situación en la que me encuentro, me asusté.

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-Voy a morir. - prosiguió Veronika, con la esperanza de que sus palabras tuvieran sentido-. La muerte rozó hoy mi rostro con sus alas y llamará a mi puerta mañana, o pasado mañana. Es preferible que no te acostumbres a escuchar un piano todas las noches. Nadie puede acostumbrarse a nada, Eduard. Fíjate: Yo estaba volviendo a apreciar el sol, las montañas y hasta a aceptar los problemas; estaba aceptando incluso que la falta de sentido de la vida no era culpa de nadie más que de mí misma. Quería volver a ver la plaza de Ljubljana, sentir odio y amor, desesperación y tedio, todas esas cosas sencillas y banales que forman parte de lo cotidiano y dan sabot a la existencia. Si algún día pudiese salir de aquí, me permitiría ser loca, porque todo el mundo lo es. Y peores son aquellos que no saben que lo son, porque pasan su vida repitiendo constantemente lo que otros les mandan. Pero nada de eso es posible, ¿has entendido? Del mismo modo que tú no puedes pasar el día entero esperando que llegue la noche y que una de las internas toque el piano, porque eso se acabará muy pronto. Mi mundo y el tuyo han llegado al final.


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-¿Cuanto tiempo me queda?- repitió Veronika, mientras la enfermera le aplicaba la inyección.
-Veinticuatro horas. Quizás menos.
Ella bajó los ojos y se mordió los labios, pero mantuvo el control.
-Quiero pedirle dos favores. El primero que me de un remedio, una inyección, sea lo que sea, pero que me mantenga despierta hasta entonces para aprobechar cada minuto que me queda de vida. Tengo mucho sueño, pero no quiero dormir, tengo mucho que hacer, cosas que siempre dejé para el futuro, cuando pensaba que la vida era eterna. Cosas por las que perdí el interés cuando empecé a pensar que la vida no valía la pena.
-¿Y su segunda petición?
-Salir de aquí y morir fuera. Tengo que subir al castillo de Ljubljana, que siempre estuvo allí y yo nunca tuve la curiosidad de verlo de cerca. Tengo que hablar con la mujer que vende castañas en invierno y flores en primavera, cuántas veces nos hemos cruzado y sin embargo no la he preguntado nunca como se encontraba. Quiero andar por la nieve sin abrigo, sintiendo el frio intenso, yo, que siempre iba bien abrigada por el miedo a coger un resfriado. En fin, doctor Igor, tengo que sentir la lluvia en mi rostro, sonreír a los hombres que me interesan, aceptar todos los cafés a los que me inviten. Tengo que besar a mi madre, decirle que la quiero, llorar en su pecho, sin vergúenza de mostrar mis sentimientos, porque siempre los tuve, pero los escondía. Quizás entre en la iglesia, mire aquellas imágenes que nunca me dijeron nada y terminen diciendome algo. Si un hombre interesante me convida a ir a bailar, bailaré la noche entera hasta caer exhausta. Despúes me acostaré con él, pero no de la manera como me fuí con los otros, unas veces intentando mantener el control, otras fingiendo cosas que no sentía. Quiero entregarme a un hombre, a la vida, a la ciudad y finalmente a la muerte.

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Había sido intransigente justamente en aquello que era más fácil: mostrarse a sí misma su fuerza e indiferencia, cuando en verdad era una mujer frágil, que jamás había conseguido destacar en los estudios, ni en las competiciones deportivas de su escuela, ni en su tentativa por mantener la armonía en su hogar.
Había superado sus defectos más leves sólo para ser derrotada en lo que era importante y fundamental. Había conseguido tener la apariencia de mujer independiente cuando en verdad necesitaba desesperadamente una compañía. Llegaba a los sitios y todos la miraban, pero generalmente terminaba la noche sola, en el convento, mirando una televisión que ni siquiera sintonizaba bien los canales. Había dado a todos sus amigos la impresión de ser un modelo que ellos debían envidiar, y había gastado lo mejor de sus energías en comportarse a la altura de la imagen que ella se había creado.
Por causa de eso nunca le habían sobrado fuerzas para ser ella misma: una persona que, como todas las de este mundo, necesitaba de los otros para ser feliz. ¡Pero los otros eran tan difíciles! Tenían reacciones imprevistas, vivían rodeados de defensas, actuaban también como ella, mostrando indiferencia en todo. Cuando llegaba alguien más abierto a la vida, o lo rechazaban inmediatamente o le hacían sufrir, considerándolo inferior e ingenuo.
Muy bien: podía haber impresionado a mucha gente con su fuerza y determinación, ¿pero adónde había llegado? Al vacío. A la soledad completa.

14 de noviembre de 2010

Sobre Sandra

Hay amores díficiles. Amores tristes. Amores que se buscan sin encontrarse y amores que se encuentran sin buscarse. Hay miles de tipos de amores y millones de enamorados. Están los que ponen fuego en cada una de sus acciones. Los que no se dicen lo mucho que se quieren pero lo saben. Los que se miran a los ojos y expresan lo que no consiguen las palabras. Y despúes están ese tipo de enamorados que se quieren, pero tienen miedo. Que saben que si cambiasen un par de piezas, el puzle encajaría a la perfección, pero no las cambian. Y lo peor es que no saben muy bien porque. Ellos eran de este último grupo.
12 de la mañana. Día soleado. Pero frio. Muy frio. Sandra se despierta. Mira el reloj. El tiempo pasa demasiado deprisa y ya se tiene que levantar. Vienen a su mente los amaneceres de agosto, cuando aún no había dormido nada al salir el sol. Cuando ese sol que cubría el cielo parecía otro porque lo contemplaba con él. Aquellos días que sabía que se iban a terminar, pero aún así no podía evitar ilusionarse. Cuando uno vive un amor de verano sabe que es eso: un amor de verano. Pero aún así, la llama se aviva. Aún así, los nervios se ponen a flor de piel. Aún así, se siente feliz, y viaja a la decima nube a la derecha, y sueña, y si es un amor fuerte de verano piensa en los hijos que tendrán, en los países que visitarán, en cómo serán los muebles de su hogar. Pero la característica principal de los amores de verano es que se acaban. Se acaban cuando llega Septiembre y como una ola arrastra todo lo que se construyo. Al fin y al cabo el verano es como un sueño. Pero no te despiertas cuando suena el despertador, sino cuando aparece esa hoja del calendario "1 de Septiembre".
Se aleja de sus pensamientos. Se levanta de la cama. Se ducha. Se frota muy bien los ojos. Se mira en el espejo. Malditas ojeras. Otro síntoma más del invierno. Se viste rápidamente, coge su carpeta y sale de casa. No puede dejar de pensar en su sueño de anoche. Era tan real... él la cogía por la cintura. Ella sonreía. Él la miraba fijamente a los ojos. Y ella le decía que no quería que se acabase ese momento, NUNCA. ¡Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! Mierda. Un coche. Otra vez, vuelta a la realidad. La calle llena de gente. Casi todo el mundo caminando en la misma dirección, como autómatas. Llega a la parada al mismo tiempo que el autobus. Ve a sus amigas. Se acerca. Hablan sobre una de las prácticas de la universidad, pero no es capaz de seguirlas. Una y otra vez visualiza en su cabeza la misma escena: ese beso. Ese primer beso. De repente, su cuerpo se agita. Parada brusca. Ya ha llegado. ¿Ya? Cuanto pueden durar cinco segundos intensos. Sigue en silencio, caminando. Y de repente nota unas manos en su cintura. Se gira. No puede ser. Ella sonrie. Él la mira fijamente a los ojos. Y ella le dice que no quiere que se acabe ese momento, NUNCA.

Nunca suficiente. Siempre demasiado.

Lo reconozco: me asusta, me da rabia, me jode ser irrelevante. Ser siempre lo suficientemente inteligente para no pertenecer al grupo de los tontos, pero demasiado tonta como para formar parte del de los listos. Ni alta ni baja, ni guapa ni fea, ni rubia ni morena, ni simpática ni borde. Buena en todo, excelente en nada. Con muchas aficiones pero sin pasiones. Odio ser débil, odio ser cobarde, odio no tener fuerzas para expresar lo que siento y sobre todo odio dudar siempre sobre qué es lo que quiero. ¿Por qué es tan dificil? ¿Por qué no puedo tener por una vez, y en algún ámbito las cosas claras? ¿Por qué siempre tengo la sensación de no estar a la altura?

13 de noviembre de 2010

Confusión.

A veces los sentimientos son claros. Y entonces, nos sentimos seguros. Cuando sabemos lo que queremos, lo que necesitamos y lo que nos hace felices. Sin embargo no siempre es así. Me atrevería a decir que casi nunca es así. Cuando en tu mente ocurren constantes "brain storms", cuando las ideas aparecen y desaparecen y se agolpan, y se cruzan y descruzan, y giran, y dan vueltas, y bailan, y se emparejan para quedarse solas y despúes formar grupos. Cuando no sabes muy bien qué es lo que dice tu cabeza, qué opina tu corazón al respecto ni quien es más fuerte de los dos.
Lo cierto es que hay realidades que cuesta afrontar. Es más fácil pensar: todo está bien así. Es fácil dejarse llevar pero a veces no te llena por completo. Lo único que tengo claro es el modo en que me hace feliz, lo mucho que me aterra la idea de perderle y ese sentimiento de que dejar las cosas como están no es suficiente. Arriesgarse cuesta, sobre todo cuando lo que está en juego tiene un valor infinito y ni siquiera te sabes las reglas. Es mucho más fácil cometer errores. Y en medio de todo ese descontrol continua existiendo otro pánico mucho mayor. ¿Cómo confiar en los demás si no confías en tí misma?

12 de noviembre de 2010

Parte 3

¿Por donde empiezas a construir un mundo que se destruye? Leo trató de recordar los momentos más felices de su vida. Lo cierto es que no encontró casi ninguno. Antes de que naciera Elia las cosas no iban tan mal. Vino a su mente un día en que su padre le compró un globo de esos de colores que cuando los sueltas suben muy muy alto, hasta que desaparecen en el suelo. Siempre había querido uno. Pero no lo quería para lo mismo que lo quieren la mayoría de los niños. Él esperaba soltar la cuerda y ver como subía. Hubiera pagado todo el dinero del mundo por ver eso: algo que había sostenido entre sus manos, viajando a través de las nubes y perdiendose más allá. En el fondo le gustaría ser como aquel globo. Le gustaría poder subir y subir. ¿Qué habría allí? ¿Podría desde el cielo contemplar todo el mundo? ¿Ver osos polares y dromedarios al mismo tiempo? Le encantaría tener esa visión y poder dibujarla. Sin darse cuenta, había abierto el cuaderno. Allí estaba. Pinguinos, dromedarios, iglus, oasis. Todo junto. En blanco y negro. Comenzó a dotar a la composición de toda la gama de colores del circulo cromático. A veces, cuando pintaba sus dibujos pintaba al mismo tiempo su rostro. Sonrió. Pintando era feliz. Volvió a pensar en Elia. Se iba. ¿Por qué él no lo habría hecho antes? Porque no tenía a donde ir. Y porque no había hecho todo lo que debía de hacer en aquel lugar. Jamás dejaba los dibujos sin terminar. Era una de sus reglas. Lo hacía inconscientemente. No empezaba una nueva pintura hasta que no colocaba la última ralla en el folio anterior. No podría ser feliz en otro lugar. Necesitaba empezar a serlo ahí, donde estaba. Entró en casa: ya estaba bien. A partir de ahí todo sucedió muy rápido. El bote de tinta se derramó. El folio se volvió negro azabache. Fuerza. Furia. Rabia. Y de repente, la cama quedó salpicada por ese rojo, rojo como el pelo de Veronika. Algunas gotas calleron también en el papel. ¿Qué había hecho? Eso era lo peor de los dibujos a pluma. La tinta jamás se borraba. Y menos cuando estaba hecha a base de sangre. Su madre entró en el dormitorio. La miró. Escuchó su grito ahogado. Contempló su cara por primera vez en muchos años. No había pasado tanto tiempo, y se la veía tan vieja. Tan... apagada. No brillaba.
-Leo, ¿qué has hecho?-Lloró.- ¡Leo!
-Mamá...
-Leo, hijo...
-Te quiero.

Cuando menos piensas sale el sol.

En ocasiones, nuestro mundo parece venirse abajo. El vaso se llena hasta tal punto que el agua sale por sus bordes. Te ahogas. Sabes que es muy pequeño pero aún así no puedes respirar. Ves la salida, pero no tienes fuerzas para nadar y no hay nadie capacitado para sacarte a flote, aunque quizás si dispuesto a hacerlo. La vida es fácil. Los seres humanos la hacemos dificil. ¿Y qué? ¿Qué más da conocer la teoría? ¿Que más da que todos sepamos que las malas rachas terminan si eso no hace que duelan menos? Conocemos lo bueno porque hemos saboreado lo malo. Sí, ¿y qué? La teoría es bonita, pero cuando nos ocurren cosas malas no pensamos "no pasa nada, no pasa nada, gracias a esto valoraré más cada beso y cada caricia". No. Nadie piensa así. Preferimos hundirnos en un vaso de agua en el que podríamos permanecer de pie.
Ahora he asumido que esos malos momentos existen y existirán siempre. Uno nunca puede ser permanentemente feliz. Pero si es cierto que como en una película, puede abundar el color o el blanco y negro. Aunque algunos días se tiñan de gris, me alegro de vivir en un mundo que parece sacado del mago de Oz. Un mundo donde el sol sale casi todas las mañanas. Con altibajos, sí, pero con más altos que bajos. Amistad, dulzura, confianza, pasión. Sueños. Sueños que se vuelven reales. Ilusión. Proyectos. Futuro. Tantas cosas cuyo valor no se puede calcular... mucho más que riqueza. Un mundo en el que constantemente, sale el sol.

10 de noviembre de 2010

Parte 2

El cielo estaba cada vez más oscuro, casi negro. No sabía la hora que era. Miró su muñeca. No tenía reloj. Tampoco había cogido su teléfono móvil. ¿Para qué? Nadie iba a llamarle. Hacía tiempo que sus padres no se molestaban en averiguar si estaba en su cuarto. Y amigos, no tenía demasiados. Decidió, de todas formas, que era hora de regresar. Miró una vez más el dibujo. Leo sabía que era bueno. A través del papel, se sentía seguro. Conseguía grabar en cada folio en blanco lo que guardaba en el fondo de su alma y eso hacía que su pintura fuera grandiosa. Le gustaba imaginar su futuro. Sabía que quería dedicarse al arte. Huir de aquella ciudad que le parecía tan fria, tan triste. Construir un mundo a su medida. No era de ese tipo de personas que se rinden. Jamás se había planteado la posibilidad de vivir inmerso en la oscuridad. Sabía que las malas rachas terminaban y que su tristeza desaparecería, como las nubes que inundaban el cielo se esfumarían sin dejar rastro cuando saliese el sol. Tal vez por eso no se preocupaba de casi nada. Se levantó y caminó rumbo a su casa, pero dando un rodeo. Necesitaba caminar y sentir el agua y sentir el viento y sentir la música. La música también le inspiraba. Cuando llegó, la vió allí. Sentada en el escalón, con la cremallera de la cazadora abrochada hasta arriba y sin mirar a ningún lugar.
-Hola.
-Hola.
-¿No entras?
-Leo... ¿tú te sientes a gusto aquí?
-¿Por qué lo preguntas?
-A veces tengo la sensación de que tengo dos mundos, solo eso.
-¿Dos mundos?
-Sí. El de fuera y el de dentro. Por eso no quiero entrar. Porque fuera soy una persona y dentro siento que soy alguien completamente diferente.
-Elia, todos tenemos un modo de huir pero quedarnos fuera no es la solución.
-Escuchar música y fingir que todo te da igual tampoco lo es.
-¿Y qué quieres hacer?
-No lo sé, pero algo. No podemos quedarnos callados Leo.
-... ¿Gritan?
-¿Cuándo no lo hacen?
-No somos nosotros los que tenemos que hablar.
-Pero ella nunca lo hará.
-Voy a mi habitación.- A Leo le incomodaba la situación. Nunca había hablado de ese tema con nadie y menos con su hermana. No solía pensar en ella de ese modo. No solía cuestionar qué sentiría ella, ni que pensaría. Eran ese tipo de hermanos que se esquivan. Y había algo extraño en el modo en que Elia había abierto la boca para abrir al mismo tiempo su mente. No mantenían una conversación tan larga desde que cuando tenían apróximadamente tres y cinco años discutían por las palomitas en el cine.
-¡Leo! Espera. Quiero decirte algo.
-¿Qué?
-Que me voy.- Así que eso era. Por eso toda aquella conversación.
-¿Cómo que te vas?
-Es sobre lo que te decía antes. Estoy harta de tener que vivir en un lugar que no es mi casa. Estoy harta de huir. He comprado dos billetes para California. Nos vamos mañana, yo y Jonás. Allí nos las arreglaremos. Él puede conseguirnos un apartamento, y un trabajo.
-No puedes marcharte así, no ahora, no aún. ¿Qué vas a hacer? ¿Trabajar? Solo tienes dieciseis años. Ni siquiera eres mayor de edad. Espera, organiza tu vida y construyete un futuro, pero no ese.
-No puedo más Leo. ¿No lo entiendes? ¿De verdad tú no te sientes asfixiado? ¿Crees que puedes pasarte el día dibujando? ¿A eso le llamas construir un futuro?
-Sé que valgo para ello.
-Puede que tú tengas un don, pero yo no. Y daría lo que fuera por salir de aquí.
-¿De qué trabajarás?
-De lo que surja.
-¿De lo que surja?
-Sí... -Bajo la cabeza. Por primera vez, él vió en sus ojos verguenza. Entendió que haría lo que fuera. Fuese lo que fuese "lo que fuera".
-Elia... ¿y mama?
-Para ella no existimos.
-Tienes razón. -Se dispuso a irse. No se sentía con autoridad suficiente como para retenerla y no quería seguir con aquella embarazosa conversación.
-Espera. Cuidala, ¿vale? No dejes que le pase nada.
-Lo intentaré.

Frio. Oscuridad.

Creo que no puedo evitar sentir empatía con el tiempo. Cuando llueve, me siento sola. Cuando el cielo se tiñe de gris, me apago. Hoy mi mundo se ha derrumbado. Hacía mucho que no me ocurría. Hoy me han entrado ganas de romper con todo. De olvidar las falsas promesas. De volver a cometer errores del pasado. De tomar el camino fácil. Hoy he echado de menos y he echado de menos de verdad. No he sentido ganas de llorar pero sé que las lágrimas discurren en mi interior. Y he cerrado los ojos y me he repetido a mi misma una frase que no me termino de creer: "Mañana será otro día". El sol volverá a salir, la luz volverá a brillar. Me levantaré, y volveré a caer pero me volveré a levantar. Así es. Crecer consiste en dejar de cometer algunos fallos. En aprender a esquivar algunas piedras pero no todas. Y vivir es aceptar lo bueno y lo malo. Saborear los placeres y admitir las derrotas. Entender que cada final es un nuevo comienzo. Que no podemos cambiar el pasado, pero si encauzar nuestro futuro.

9 de noviembre de 2010

Parte 1

Un árbol. La lluvia cayendo a su alrededor. El viento meciendo sus hojas. Y alguien tirado en el suelo. Apoyado en la robustez de su tronco como si no sintiera nada de lo que sucedía a su alrededor. Como si el agua no lograse mojarle, como si el viento no hiciese que sus cabellos se inmutasen. Como si él fuese tan fuerte como el mismo arbol, incluso más. Inmune. Lo era. Quizás si que lo era. Tal vez, no siempre lo había sido. Pero ahora sí. O no. Pero no tenía otro sitio donde ir, ningún otro lugar donde quisiera estar. Allí, debajo de aquel arbol no sentía nada. Allí debajo de aquel arbol, no pensaba en nada más. Su cuaderno estaba empapado, pero seguía dibujando. Fingía que no se daba cuenta. Estaba acostumbrado a fingir. A taparse los oidos y que pareciese que nada le afectaba. Así era él. Había aprendido a construir un escudo contra los golpes: se llamaba indiferencia. No sabía cómo había llegado allí. Había estado antes muchas otras veces. Había empezado a caminar un día sin rumbo, hasta llegar a esa misma plaza. Y entonces había sentido un terrible magnetismo. Algo que le empujaba a sentarse allí, y no en el banco de enfrente. Algo que no había sentido al pasar por delante de ninguno de los cientos de arboles que tenía el parque. Sentía que ese era su sitio. Y siempre que necesitaba refugiarse en algo, caminaba igual que el primer día, sin saber hacia donde se dirigía pero sabiendo que en el fondo la brújula de su corazón le estaba llevando a ese mismo punto. Y lo que sentía cuando se sentaba bajo las ramas, era algo que no podía describir con palabras. Se encontraba consigo mismo. Sacaba su libreta, sus cascos, y se sumergía en su universo, en su música y en sus pinturas. Miró el cuaderno. El agua había hecho que los contornos del pelo de la chica se corrieran. Pero eso la hacía aún más real, más hermosa y más inalcanzable. Parecía una diosa. Un ser sobrenatural. Y así la veía él. No era un muchacho corriente, ni común. No era el tipo de chico en el que ella se fijaría y tampoco era el tipo de chica que le correspondía. Pero no le importaba. En realidad, era de esas personas que creían que eso del amor tan solo es una palabra que algunos inventaron para sentirse mejor. Los sentimientos no duran, se esfuman y se difuminan como los trazos del lápiz en su cuaderno. Sin embargo, ella era su musa, su inspiración, quien de una u otra manera aparecía en cada rincón de su libreta y de su cabeza. Le encantaba dibujarla porque sentía que estaba dibujando el cielo. Porque cuando comenzaba a trazar sus ojos, dibujaba en ellos el mundo. Porque tenía tal expresividad en la cara que le hacía vibrar. Cuando él la miraba, a escondidas, podía notar como se sentía ella. Veronika. Guapa, peliroja, atractiva. Tenía esa seguridad característica de las personas que saben que si alguien mira en esa dirección, la está mirando a ella. Y por eso, ellos jamás podrían estar juntos. Porque él era todo lo contrario. Cuando alguien le miraba, seguramente estaría observando a otra persona situada justo detrás. Era casi transparente. Era transparente incluso para ellos. Sus padres siempre pensaban en sí mismos. Olvidaban que él existía o simplemente, les daba igual. Recordó cuando de pequeño tenía que subir al máximo el volúmen de sus altavoces para no escuchar los gritos en la cocina. Los gritos eran solo el principio. Despúes venían los golpes, las amenazas, los sollozos. Despúes, a veces, venía la sangre seca en el suelo la mañana siguiente. Lo mismo una y otra vez. ¿La vida es así? Quizás. Quizás eso sea lo normal. Quizás lo demás perteneciese al universo walt disney. Y luego, el día del accidente. Ese día todo había cambiado. La sangre derramada había sido mucho mayor. A los tradicionales ruidos, se había añadido el de la ambulancia. "Me he caído en la ducha". Todos sabían que era mentira, pero nadie había objetado nada. A veces, cuando uno consigue creerse su propio engaño, los demás aceptan sentirse engañados. Pero ese día se había abierto una brecha. No solo en la frente de su madre, sino en todas partes. Se había abierto una brecha en su corazón. Se tapó las orejas, como siempre. "I'm worse at what I do best and for this gift I feel blessed our little group has always been and always will until the end." Escuchó un portazo. Elia. Cómo le hubiera gustado ser el tipo de hermano capaz de protegerla. Capaz de ayudarla a encontrarse. Pero, ¿cómo lo iba a hacer, si ni siquiera él sabía donde estaba? Se asomó a la ventana y vió como abandonaba el hogar. Con su minifalda, sus calcetines por encima de la rodilla y su clásica cazadora de cuero negra. Vió como se hacía más y más pequeña en la noche. No necesitaba de su protección. Elia era fuerte. Elia nunca estaba sola. No habían vuelto a cruzarse y ya había pasado casi una semana. Una semana en la que a penas habían estado en casa. Una semana en la que cada uno había huido de aquel lugar a su manera. Una semana lluviosa. Volvió a mirar su cuaderno. El rojo del pelo de Veronika se había vuelto líquido. La sangre inundaba la parte baja del papel.

8 de noviembre de 2010

Ceguera.

De repente todo se volvió oscuridad. Es curioso. Te pones una venda y empiezas a caminar. No puedes ver absolutamente nada. En el fondo sabes que no es real. Pero, ¿qué ocurriría si al quitarte la venda la luz no regresase? ¿Si te quedases ciego de repente? Sin nuestras percepciones visuales, el mundo que conocemos sería totalmente diferente. Tus otros sentidos se agudizan. Sí, es cierto que somos esclavos de nuestros ojos. Cuando no ves, de repente los sónidos se vuelven más intensos. Incluso el leve movimiento de las hojas de los árboles sacudidas por el viento penetra en tus oidos, discurre por tu interior y hace que todo a tu alrededor vibre. Te sientes solo. Das algunos pasos. Tienes miedo. Caminas, pero no sabes que tienes delante. Y de repente, sientes el tacto de una mano cálida. Y te sientes más seguro. Nunca habías tocado una mano desconocida y sentido algo así. Como si de repente el mundo fuese un lugar menos peligroso. Como si vieses algo más, porque alguien te está tocando, y sientes que está ahí y en silencio le das las gracias del mismo modo que él te hace un fabor: con una simple caricia. Tal vez, esa persona esté igual que tú. Los dos ciegos, los dos sin poder ver, pero los dos más fuertes porque caminais al mismo tiempo, y porque si caeís, caereis juntos, y si tropezais, os ayudareis para amortiguar el golpe. Llega un momento en que en medio de esa ausencia de luz, empiezas a ver. A imaginar. A oler, a tocar. Y cuando te quitas la venda, cuando los rayos luminosos vuelven a molestarte, cuando comienzas a apreciar otra vez formas y colores eres consciente de lo mucho que tienes y lo poco que lo valoras. La posibilidad de descubrir cada día un nuevo horizonte. La posibilidad de emocionarte con una imágen. La belleza de un mundo que ignoras cuando sientes que solo tú eres el mundo.

Crecer

Siempre he querido crecer. Hacerme mayor. Dejar de ser una niña. Poder ponerme un pintalabios sin que pareciese que trataba de ser algo que no era. No necesitar de nadie. No tener miedo. Ser fuerte. Tener experiencia. Siempre he querido que pasara el tiempo, empezar la carrera, luchar por algo y saber quien soy. Y lo cierto es que el tiempo ha pasado, y aunque puede que no sea tan ingenua como hace unos años tampoco han cambiado tantas cosas. Sí, voy a la universidad. Sí, vivo sola. Pero en el fondo sigo siendo la misma niña asustadiza que echa de menos los abrazos cálidos, el calor del salón cuando ponen la calefacción a primeros de Noviembre y el beso de buenas noches. Lo cierto es que he entendido perfectamente eso de que a veces no es necesario ver para sentir. He aprendido a echar de menos con una sonrisa, a encontrar a las personas en sus ausencias. Y tal vez eso sea lo que te hace ser mayor: ser consciente de que hay cosas que nunca cambian y que por lejos que estés las personas que te quieren están a tu lado en todo momento. Las necesitas, y las tienes.