30 de junio de 2011

A través de la memoria.

Es curioso caminar por una ciudad donde cada rincón es un recuerdo. No hay bancos que sean simples bancos. Está el banco de Ana, nombre cuya explicación es cuanto menos absurda. Está el otro en el que nos sentabamos para despedirnos cada tarde de verano antes de ir a casa. Están esos otros de los primeros besos, y aquel de allá en el que me senté contigo un agosto hace ya unos cuantos años. Ocurre lo mismo con las esquinas: aquí es dónde quedabamos antes de ir a tomar algo y esa de allí, donde nos escondíamos cuando queríamos hacer cosas malas. También pasa con las calles: la que subía para ir a clase, en la que me perdía, en la que me encontraba. Mire donde mire vienen a mi cabeza imagenes: algunas felices, otras no, pero imagenes al fin y al cabo.
Y me gustaría decir que cuando cierro los ojos me invade la calma y recordando soy capaz de alcanzar el clímax de la felicidad pero lo cierto es que no es así. En realidad, en cada paso me doy cuenta de que Avilés es un recuerdo y venir aquí es como viajar a través de mi pensamiento. Forma parte del pasado. Y todo lo que me importa lo extraería con pinzas y me lo llevo allá donde esté.

29 de junio de 2011

Decisiones.

En la vida hay varios tipos de personas. Está ese grupo que se lanza a la piscina sin pensarselo dos veces. Tiene claro que quiere meterse: no importa lo fría que esté el agua. No tiene miedo. Después está un segundo grupo que entra poco a poco, caminando despacio, que se moja primero los pies y después la barriga, sintiendo como cada gota salpica las partes de su cuerpo que aún permanecen secas. Un tercer grupo ni siquiera se acerca al agua: tiene demasiado miedo. Y permanece en la toalla, quieto, aburrido pero seguro porque sabe que no se ahogará. Y luego está ese cuarto grupo, tal vez el más extraño de todos al que pertenezco. Un grupo que se lanza de golpe, acojonado, pero lo hace porque sabe que sino no será capaz de meterse. Que si va a su ritmo dará la vuelta antes de saborear la frescura del agua y no quiere perderse tal sensación.

Decisiones.

En la vida hay varios tipos de personas. Está ese grupo que se lanza a la piscina sin pensarselo dos veces. Tiene claro que quiere meterse: no importa lo fría que esté el agua. No tiene miedo. Después está un segundo grupo que entra poco a poco, caminando despacio, que se moja primero los pies y después la barriga, sintiendo como cada gota salpica las partes de su cuerpo que aún permanecen secas. Un tercer grupo ni siquiera se acerca al agua: tiene demasiado miedo. Y permanece en la toalla, quieto, aburrido pero seguro porque sabe que no se ahogará. Y luego está ese cuarto grupo, tal vez el más extraño de todos al que pertenezco. Un grupo que se lanza de golpe, acojonado, pero lo hace porque sabe que sino no será capaz de meterse. Que si va a su ritmo dará la vuelta antes de saborear la frescura del agua y no quiere perderse tal sensación.

28 de junio de 2011

Despertando en Las Vegas.

Me voy cinco días a casa. Cinco días. Luego vuelvo. Y, sin embargo, me siento como si me fuera a ir un año entero a un lugar desconocido. Es extraño. Tal vez se deba a que no he pisado mucho mi casa este año, a que realmente esta es una de las visitas más largas que le haré. El caso es que he revisado todo mil veces. He limpiado a fondo el suelo, he subido la cama, he guardado en el armario el colchón, el nórdico y los cojines. He puesto orden. Y estoy aquí, tirada, despidiendome de mi suelo y de mi ordenador hasta la vuelta. Algo acojonada. Es un poco... ¿ridículo? Es normal que uno tenga miedo o este nervioso cuando se va a un país extranjero, a una habitación nueva, a un lugar donde no conoce a nadie. Lo que pasa es que yo no me voy a EEUU, no. Me voy a mi casa. A esa casa en la que pasé los primeros 18 años de mi vida. A esa casa en la que viven mis padres, mi familia, al lugar en el que están ellas, mis "amigas de siempre". Y sin embargo, ahora me acerco y me sigo sintiendo lejos. Como si estuviera atrapada en otro lugar muy lejos de allí. Tengo pensamientos extraños, lo reconozco. Y tengo miedo. Miedo a hacer daño por no encajar. Miedo a esa puta sensación de estar fuera de lugar en todas partes. Miedo a perderme, a no encontrarme. Quizás tengo esa nostalgia porque sé que me dejo aquí una parte de mí. Que tengo que decir "Adios, Cris. Nos vemos a la vuelta". Esa parte de mí que descubrí cuando empecé a vivir sin tener que ser de ninguna manera. Menos yo, más de los demás.

Maldita droga.

Y como no, yo escribiendo a altas horas de la noche. Yo pensando en tí y perdiendome en nuestros recuerdos. Recordando que nuestras manos unidas formaban una de diez dedos. Recordando cuando creía que no me convenías. Recordando mis miedos y mis inseguridades, y dandome cuenta de lo mucho que he cambiado. Ahora mi único miedo es a que las cosas nunca lleguen a funcionar.
A veces tengo la sensación de que cada día me alejo un poco más de lo común. Cada día hago más cosas extrañas. Tengo más citas con mi corazón en rincones perdidos en una ciudad que no es la mía. Muero tanto de calor que llego a sentir frío. Escucho música que jamás creí que escucharía y me enamora. Me enamoran las palabras bonitas y también las sinceras. Leo. Leo sobre sentimientos y también opiniones. Sueño con tu olor. Y pienso que puede que sea menos común, más rara. Pero también soy más yo. Porque nadie me juzga, nadie marca las normas. Porque aquí no hay normas. Y eso hace que sea exactamente tal y como soy. Y que nada más importe.

27 de junio de 2011

Análisis de sentimientos.

Mis dedos son como una pequeña máquina que descofica eso que ocurre en mi interior. La radiografía, la imagen, se correspondería con los sentimientos.
A estas horas de la noche, me pongo muy ñoña. Me apetece decirte muchas cosas, pero no me sale ninguna. No sé porque siempre ocurre por las noches. Tal vez porque desearía que pudieras dormir conmigo, que fueras lo último que veo antes de dormir y mi primera imagen al amanecer. Aunque pensandolo bien, si fuera así incluso tendría ganas de despertar. Así que quizás sea mejor que sigamos quedando en sueños, para que mis noches sean largas cuando estás conmigo. Y todo esto suena raro viniendo de mí. Incluso a mí me suena raro. ¿Yo? ¿Yo queriendo compartir con alguien todos los días de mi vida? Error. No quiero compartirlos con alguien. Quiero compartirlos contigo, que eres mucho más que alguien.
Constantemente se cruzan en mi personas con las que no puedo estar a la altura. Es una sensación dificil de explicar. Yo quiero hacerlas felices, juro que quiero eso. Y quiero que ellas me hagan feliz. Y lo intentan, y yo lo veo. Pero no puedo. Es como si... como si quisieran comprar chicles, pero en tu fábrica solo se hacen caramelos. Metáforas absurdas para explicar cosas complejas. ¿Lo entiendes? Puedo fingir un rato. O quizás dos. No más. Al final, termina saliendo a flote la verdad: esa verdad en la que ni siquiera puedo ser la mitad de la que tengo que ser, esa verdad en la que no puedo sonreír de forma natural, esa verdad en la que todo es mentira. En cambio, contigo un mundo complejo se vuelve plano. Los caminos rectos, y cuando hay una curva, no me preocupa que pueda estrellarme contra un coche porque si estás tú, sé que volaremos, o que seremos inmunes ante cualquier daño. Y la verdad que si nos atropellan me da un poco igual, porque una parte de mí siente que no nos separaremos, ni en esta vida ni en todas las vidas que tengamos por delante, igual que nos ha ocurrido en cada una de las anteriores aunque a veces no lo recordemos. Y no, no es que crea en la reencarnación, sabes que soy más del cristianismo, pero es la única explicación posible a esa mágica conexión que nos une: sino no lo entiendo. Aunque, ¿desde cuando los sentimientos se entienden? El caso que toda esta parrafada se podría resumir en que tienes exactamente la cantidad de amor que yo necesito, y necesitas todo el amor que yo tengo y que estoy dispuesta a darte. Ni más ni menos. Y no creas que esto es algo que suceda todos los días: demasiado amor empacha, con poco te quedas con hambre. En cambio tú eres esa pieza que llena el hueco que me falta, esa parte que hace que constantemente me sienta vacía.
Me asusta la independencia, que me roben mi espacio. Me dan miedo muchas cosas. Pero tú no puedes quitarme lo que es mío, porque eres yo. Es como si lo que tienes de mí también me perteneciera. Contigo puedo compartir, puedo compartirlo todo. Respirar el mismo aire sin asfixiarme. Y eso que puede parecer simple, realmente no lo es.
A todas estas ñoñerías tengo que añadir otro detalle más. Sacas lo mejor y lo peor de mí. Porque te quiero y te odio por hacer que te quiera tanto. ¡Coño! Querer es de débiles. Pero el odio se tranforma en amor cuando me doy cuenta de que ser débil es tan bonito cuando lo soy contigo, y de que esto que haces que nazca en mi interior es... es... es mucho mejor que todos los orgasmos del mundo. Aunque también quiero que me des esos orgasmos. Pero no todos. Deja cada día uno para mañana.
Y bueno, que ya es demasiado. Que después de todo esto vas a olvidarte de que soy esa chica fría y borde, algo alocada y demasiado racional al mismo tiempo, esa suma de partes opuestas de la que te enamoraste. Vas a pensar que no soy esa que se enamoro de tí, porque esa chica jamás podría haber sentido todas esas cosas. Nuevamente error. Jamás podría haberlas sentido, pero llegaste tú e hiciste que las sintiera. He ahí tu magia: haces posible lo imposible. Por eso quiero estar contigo.

26 de junio de 2011

Normalidad.

A veces me pregunto, ¿por que las cosas no pueden ser simplemente normales, sin más? ¿Por qué detrás de cada decisión hay un mundo? ¿Por qué lo cotidiano es un gran reto? ¿Por qué soy la única que siente una pizca de culpabilidad cuando piensa en el pasado? Y viene a mi mente una única respuesta: hay algo erróneo en mí. Una pieza que no encaja, un cable desconectado, algo así. Algo que hace que las cosas no funcionen, que siempre ocurra algo que de la vuelta a la historia. Algo que me aleja de la felicidad y que no es externo, que está en mí. Tengo miedo. Tengo miedo a que ese algo nunca desaparezca. Tengo miedo a que después de todo, nada valga la pena.

25 de junio de 2011

Inestabilidad.

- Podemos volar, conquistar las nubes, excavar la tierra y hacernos reyes del subsuelo. Podemos inventar un mundo a nuestra medida. Podemos hacer todo lo que quieras con una condición: prometeme que jamás me llegarás a querer.
-¿Me pides que desafíe la lógica de las relaciones? La gente normal se conoce, comparte momentos y surge el amor. No se puede ir contra el sentimiento.
- Para el resto de la gente, querer significa necesitar y yo no quiero que nadie me necesite. Puede que no lo entiendas ahora, pero soy... como un fantasma. Probablemente de repente desaparezca y no me vuelvas a ver nunca más. Sigo mis instintos. Hoy estoy bien aquí, sentada a tu lado. Pero mañana tal vez tenga la necesidad de correr. Además, debes de saber que mi corazón jamás se encuentra pegado a mi cuerpo. Se quedó enterrado en un rincón muy lejos de aquí. Por eso no puedo querer.
- ¿Y si corro contigo? ¿Y si voy a buscar tu corazón?
- Ya es demasiado tarde. Me tengo que ir.

24 de junio de 2011

Querido X.
Podría decirte que todo va bien. Podría. Lo cierto es que sé mentir. Sé mentir porque no me estás viendo la cara y al fin y al cabo, puedo controlar los sónidos que emite mi garganta. Además he aprendido que eso de "que me parta un rayo si no es verdad" no funciona: he arriesgado mi vida comprobandolo y afirmo que los rayos no llegan. A veces me entran tentaciones muy fuertes de engañarte. Frecuentemente disfrazo la verdad para que no parezca tan terrible. En realidad lo hago porque, ¿de qué sirve que sepas que estoy sufriendo? ¿Serviría de algo que supieras que muero por dentro? No aliviaría mi dolor. Compartirías mi sufrimiento, lo sé. Sé que eres empático. Y yo también lo soy así que, sufriría también por tí. Por eso no merece la pena. Lo que pasa es que ... que esto está llegando a un punto que ya ni siquiera controlo mi voz. Fingir se me antoja cada vez más imposible. No me encuentro. Estoy perdida. Necesito que vengas a buscarme, que alguien venga.
¿Sabes? Siempre te digo que puedo sola. Que puedo con todo. Es mi naturaleza. Fortaleza. Y me gusta ,me gusta conseguir las cosas por mí misma. Me gusta arreglar mis errores. Me gusta creerme capaz, sentir esa fuerza en mi interior. Que aunque mida poco más de metro y medio, pueda vencer a Goliat. Lo que sucede es que en determinados momentos, me hago chiquitita por momentos. A veces pienso que la fuerza es cuestión de fe. Cuando me siento débil, va desapareciendo. Entro en una especie de bucle. Me creo incapaz, alimento esa creencia y cada vez me voy hundiendo más. Paso de ese cielo que cree para mí al más profundo de los infiernos. Y ni siquiera intento salir: me dejo arder. Simplemente porque estoy completamente segura de que por mucho que busque no encontraré. Ahora mismo estoy en una de esas rachas. Y pienso "solo son eso, rachas. Terminarán. Concentrate. Esfuerzate. Lucha. ¡Joder! Lucha". Pero, ¿merece la pena? Si como decía Shakira en sus mejores épocas, cuando era "loca, ciega y sordomuda" en vez de "loca con su tigre" aunque me levante volveré a caer. Y aquí meto parte de esa teoría automotivadora que me he ido creando, y me respondo inmediantamente que también LODVG decía que caer está permitido pero levantarse es una obligación, que una batalla perdida de antemano es aquella en la que ni te esfuerzas en luchar. Que la vida es eso: caer y levantarse y volver a caer y volver a levantarse. Pero me empiezo a dar cuenta que cada caída duele más: mis rodillas se están debilitando. Antes solo eran rasguños. Ahora son fracturas. Mis huesos se están volviendo de cristal. Me duele el cuerpo, me duele el alma.
Intento buscar algo positivo a todo esto. Una razón, un motivo por lo que valga la pena. No lo encuentro. ¿Qué he aprendido? Bueno, sí. Algo he aprendido. Me he hecho más analítica: uno empieza analizando las etiquetas y después, analiza hasta el color de las nubes. Es cierto que tengo una gran variedad de conocimientos inútiles, o útiles si sabes cómo utilizarlos, pero lo que está claro es que yo no sé. Podría decir que he aprendido la lección pero a ese punto, aún no he llegado. Sé la teoría y no sé llevarla a la práctica, por lo que es casi más absurdo que no saber nada. He aprendido que no me gusta pero sigo degustandolo. Puedo concluir en que he aprendido que soy absurda y que no sé entenderme. Pero lo cierto es que poco a poco, lo hago. Me entiendo. Sea como sea, todo esto que me pasa es una parte de lo que soy. Algo que me forma y con lo que convivo. ¿Cómo sería si...? ¿Divagaría tanto? ¿Sería tan reflexiva? Que más da. No voy a poder comprobarlo. Encontrar lo negativo de la historia me resulta mucho más sencillo. Cada decisión que he tomado se ha visto condicionada por lo que me decía que hiciera el fantasma escondido en el fondo de mi corazón. Ese fantasma que alimenta el miedo y la soledad. Lo peor es que yo no sé vivir sin él: me he acostumbrado a su presencia. Lo necesito. Y lloro. Como si llorar sirviese de algo. No puedo, no puedo, no puedo. El fantasma se apodera de repente de todo mi cuerpo. Normalmente consigo que se calle. ¿Y si algún día no lo hago? ¿Y si algún día es tan fuerte que no me deja hablar, y si hace que salte por la ventana sin pensar en nada más, sin acordarme del amor y todas las cosas bonitas? Porque tengo que decirte, querido X, que el amor y las cosas bonitas es lo único que me mantiene con vida. Yo no sabía valorar todas esas cosas y entonces apareció alguien que le dió un sentido a todo. Desde entonces, pensar en los demás y no en mí misma es lo que me hace seguir adelante. Qué ridículo. Pero cuando uno no se quiere, tiene que apoyarse en algo. Podría haberme dejado caer en las manos de un ser divino: preferí pensar en todo lo bueno del mundo porque es tangible, porque es real. Bueno, mejor cambio eso de "el mundo" por "mi mundo". La verdad que quizás sea una emigrante del tiempo, pero eso de la globalización aún no termino de entenderlo muy bien. Claro que me importa saber lo que está ocurriendo a 4939930202020 millones de kilómetros, pero, ¿si no puedo controlar mis acciones, cómo voy a cambiar eso? ¿De qué sirve saber que no me gusta si no puedo hacer nada? Y con este pensamiento no quiero decir que vaya hacer como Veronika la que decide morir, porque no. No creo que sea motivo de suicidio no poder controlar las acciones sociales. Tendré que esforzarme en controlar las mías. De esas si tengo que ser la dueña. A lo que iba es que yo me muevo por aquello que forma mi mundo. Mi mundo, para empezar, son ellos. Ellos porque me lo han enseñado todo. Ellos porque sé que siempre me permitirán ser una niña, por mucho tiempo que pase y por muy mayor que me haga. Ellos porque son tan grandes que siempre seré demasiado pequeña. Joder. Y eso me mata a la vez que me hace feliz. ¿Cómo se puede querer tanto? A veces ni yo misma me lo explico. Me cuesta explicar todo lo que me hacen sentir. Y pensar que hubo un momento en que no lo supe valorar. Son todo y nada a la vez, tanto que las palabras no alcanzan. Ellos perdonaron cada fallo. Ellos sufren por mí. Ellos no entienden ni la mitad de pensamientos que rondan mi cabeza, pero darían lo que fuera por lograrlo. Ellos necesitan que sea feliz. Y yo tengo que serlo. Joder, sí. Tengo que serlo porque ellos tienen que sentirse orgullosos de mí. Tengo que recompensarlos. Llegando a ser todo lo que puedo llegar a ser. Haciendo que merezca la pena esa confianza ciega que depositan en mí. Cierro los ojos y recuerdo los momentos a su lado. Cuando aprendía a caminar, cuando me hacía pis en la consulta del médico, cuando comprabamos galletas de chocolate, cuando veíamos las películas de los sábados, cuando me preguntaban la lección de conocimiento del medio, cuando les engañaba, cuando me alejaba, cuando tenía prisas por crecer, cuando tenía miedo y lo dieron todo por mí, cuando él, él que merece una opinión a parte, ÉL que para mí es más que un Dios, es MI Dios, solo mío, cuando leí en sus ojos que mataría, que iría contra sus creencias por mí: cuando supe que yo era lo más importante, cuando me sentí importante de ese modo. X, no sé si habrás sentido algo así alguna vez en tu vida, pero te diré que ... es muy grande, casi indescriptible. Cuando ví esa mirada, ví el amor. Se hizo tangible a través de sus ojos. Convergían el odio y el amor. En ese momento aprendí que el amor, nace del odio. Opuestos que se complementan. Le odiaba porque me amaba. Algún día aspiro a ser la mitad de buena de lo que él es. Y a parte de ellos, mi mundo es ella, mi pequeño corazoncito. Ella que no me venía impuesta, ella que no comparte mi sangre pero eligió inyectarsela. Ella con la que me une esa conexión tan fuerte, tan espAcial. Muchas veces cuando todo se derrumba pienso en todos los momentos a su lado. Pienso que aún nos queda mucho por compartir y eso me da fuerzas. Pienso que podemos evolucionar juntas. Pienso que algún día, podré entregarme por completo. Cuando me conoció yo ya era un ser absolutamente imperfecto. Quiero que pueda conocer mi perfección. Ella es corazón, pero también es estrella cuando mi brillo se apaga: también me indica el camino. Ella es mi fuerza, es mi voz, mis ojos, mi... mi todo. No sé. Me ha enseñado tantas cosas que no podría enumerarlas. Me cambió. Me enseñó a querer y a confiar. A saber en quien confiar. A ser feliz con las cosas más simples y más complejas. Terminó con mis prejuicios. Hizo que odiase la distancia y consiguió lo imposible. Podría seguir haciendo menciones. Existen muchas más cosas. Por supuesto. Pero esta carta no era para eso. Empecé diciendote que no podía fingir durante más tiempo. Y si estoy siendo tan sincera, es porque sé que no la enviaré jamás. No sería capaz. Ni siquiera si no tuviera remite.
Esta carta es uno de esos muchos textos que mueren en mis dedos. Es uno de esos momentos de debilidad que no consigo canalizar. Es... no sé cómo explicarlo. Demasiado mía. Hay cosas que no quiero compartir, cosas que jamás compartiré.
¿Por qué escribo? No lo sé. Escribo porque así, canalizo mis sentimientos. He aprendido a hacerlo a través de las palabras en esos dialogos que nos unen. Escribo porque, de vez en cuando, consigo intensificarlos o reducirlos o modificarlos, disfrazarlos y se forman cosas bonitas. En el fondo escribo porque las palabras son mi mundo, porque no sé hacerlo pero me gusta la imperfección de mis frases, los errores gramaticales y aquellos de significado. Escribo porque literatura es arte, porque me gustan los textos ambiguos que cada uno puede transladar a sus experiencias personales. Me gusta escribir porque quiero cambiar el mundo y solo sé hacerlo de este modo: porque me gustaría que mis palabras hicieran soñar, crecer, enamorarse ... o aunque solo fuera, distraerse. Por eso quiero escribir. No tengo ni idea de arte en cambio puedo mirar fijamente un cuadro. Pienso que cada cuadro representa infinitas imagenes, es distinto para cada ojos que lo miran. El cuadro más triste del mundo puede hacer feliz al ser más infeliz. Es lo bonito de la creatividad. Que uno crea con lo suyo e influye en los demás. Para mí, eso es magia. Las miles de interpretaciones que puede tener una obra. Lo útil que puede ser para otra persona. Las vueltas que puedes dar. Y es absurdo querer escribir. Lo lógico es ser feliz haciendo cuentas en una oficina o trabajando en una empresa o siendo ingeniero. Los futuros asegurados. Pero yo siempre he sido una soñadora. Y quizás por eso mismo he dado tantas vueltas, quizás por eso mi vida es un caos, quizás por eso mi casa es un laberinto en el que perderme para encontrarme, quizás por eso aunque a veces me empeñe en no creer, creo. En parte puede que sean los sueños los que me hacen una niña triste, porque siempre idealizo y siempre busco más, porque no me puedo conformar simplemente. Pero al mismo tiempo, son lo que me hace feliz. Y sí, sigo pensando que la convergencia de opuestos da sentido a la vida.
No puedo más. Ya he divagado suficiente, X. Muero cada día un poco. Pero sé que algún día terminará el sufrimiento. Puedo, puedo, puedo. Otra vez me ato a la teoría, al idealismo. Confio en mí ciegamente aunque no tenga motivos. Mentira. Lo cierto es que sé que miento, sé que no sé si puedo, pero sé que seguiré intentandolo aún siendo presa de la incertidumbre. Es lo único que puedo prometer: que no me rendiré. Que si abandono mis sueños, que si me permito caer, que si doy la mano a la muerte, que si me alejo de lo cotidiano, que si permito que duela y queme, será solo por un tiempo. Tengo post-it en la habitación para recordarme las cosas que a veces mi cabeza decide olvidar. Así que siempre que me pierda, recordaré que quiero encontrarme. Porque soy fuerte. Porque me hacen fuerte.


C.

23 de junio de 2011

Saltamontes. Parte I.

Estaba sentado en el suelo. Sus ojos, clavados en el papel que sostenía entre sus manos. Su mirada viajando a 10.000 kilómetros de aquella habitación inmensa en la que se encontraba. Le sobraba espacio. Ese era uno de sus problemas: tenía demasiado sitio para una sola persona. Por eso le inundaba el sentimiento de la soledad. Ese sentimiento que alejaba de sí mismo cuando se metía en otras pieles, cuando dejaba de ser uno para ser cientos. Por eso le gustaba tanto actuar: actuar era su vida. Su modo particular de alejarse de todo aquello que le perturbaba, de construir, de conocer, de reconocer. Era capaz de meterse en la piel de cada uno de sus personajes: de sentir lo que ellos sentían, de soñar sus sueños, de aspirar a conseguir sus propositos. Y eso hacía que fuera el mejor. Siempre. Ni siquiera necesitaba actuar porque los sentimientos le nacían de dentro. Por eso, todo lo que hacía era real. Llevaba las obras a la vida porque su vida eran sus obras, no había más. Y ese era el principal motivo de que no entendiera el porqué de aquel papel. ¿Por qué un saltamontes? Un saltamontes que podías sacar o meter de la obra. No era importante para el transcurso de la misma. Un saltamontes casi tan prescindible como la maceta que colocarían a la derecha del escenario.
-Incluso los saltamontes son importantes. Todo es teatro y tú lo sabes. Para que una obra funcione se necesita el trabajo conjunto de todo el elenco. No solo al protagonista, sino también el que hace de árbol.
Eso era lo que le había dicho el director, eso era lo que se decía siempre pero a decir verdad, jamás se lo había creído. ¿Cómo iba a meterse en la piel de un saltamontes? Un saltamontes no tiene un cerebro humano. Era imposible. Ese papel no podía estar en su lista. Sería su fracaso. Fracasando como actor secundario. Qué secundario. Fracaso como decorado humano de una obra de teatro de baja calidad, cuando era capaz de afrontar todos los papeles principales del mundo, cuando había sido desde soldados hasta reyes, incluso una mujer. Pero... ¿saltamontes?
De repente, quiso olvidarse de su profesión. Pero vió que era absurdo. Era lo único que tenía. Llamó al director de la obra. Le diría que se encontraba mal y él lo comprendería. Que necesitaba tomarse un tiempo, que contase con él para la siguiente producción. Se tomaría unos meses de descanso o quizás, buscaría otra compañía. Y en cuanto a "Los sueños escondidos debajo de un fotomatón", podrían realizarla sin él. Al fin y al cabo, no era más que un insecto que distraía un par de veces a la niña soñadora que protagonizaba la historia. Bien podría distraerse con una nube. O con una lucecita al más puro estilo Peter pan. O con el canto de un grillo. Sí, había tomado una decisión.
-Hola. Soy Andrés. Verás, es que... estoy cansado. Necesito una época de desconexión. Sin ensayos, sin público. Necesito ser yo durante unos meses.
-Sí, yo también lo he notado. Por eso he decidido darte un papel que te permita más relax. No es necesario que vengas todos los días.
-No, no lo entiendes. No quiero actuar. Prefiero no tener nada que ver.
-Andrés si rechazas el papel tendrás que dejar la compañía. Necesitamos un saltamontes en la obra. ¿O es que te da miedo no estar a la altura?
-¿Miedo? ¿Pero cómo me va a dar miedo? Me he aprendido horas y horas de guión, he hecho todo tipo de papeles, he actuado con armaduras de hierro encima. ¿Miedo ser un saltamontes que da cuatro saltos en un par de escenas?
-No sé. Es la única razón que se me ocurre, lo único que podría justificar que nos dejases tirados: que estuvieras realmente acojonado, que no supieras ser saltamontes. Pero si no es miedo, entonces no te dejo otra opción. O lo haces o... sintiendolo mucho, no volverás a actuar con nosotros.
Silencio. Piensa. Tiene que pensar rápido.
-Andrés, ¿Estás ahí?
-Sí, sí... aquí estoy. -Sigue pensando. No encuentra una respuesta coherente. ¿Reconocer que está acojonado? Jamás. El orgullo le puede. A nadie podría darle miedo un papel tan ridículo. -Está bien. Haré de saltamontes. Seré un saltamontes.

Hoguera.

De repente, la oscuridad fue adoptando matices naranjas. El calor iba aumentando. Más, más, más. El olor de la madera quemandose se fundía con el aroma salado del mar. El resultado era indescriptible. Cerró los ojos. Tenía en sus manos el papel arrugado, y a diferencia de otros años, estaba en blanco. Siempre pedía deseos. Era una tradición. Los lanzaba a la hoguera y esperaba que se hicieran realidad. Pero había dejado de creer en la magia. No existían brujas, ni en San Juan ni en ningún otro día del año. Ni hadas, ni duendecillos. El mundo estaba lleno de gente normal y corriente, gente como ella. Pero podía dividirse en dos grandes grupos: estaban aquellos que esperaban que les sucediesen cosas extraordinarias y que todo cobrase un sentido, y otros que buscaban encontrar la suerte y la felicidad, que caminaban en la dirección que les indicaba la brújula de su corazón, o simplemente caminaban con los ojos bien abiertos cuando no sabían a donde ir. Durante mucho tiempo, ella se había dedicado a soñar. A creer que las cosas mejorarían por sí mismas, que el hada madrina llegaría con más poderes de los que tenía en la época de Cenicienta: ahora el hechizo duraría hasta mucho más de las doce de la noche. Sin embargo, algo había cambiado. Aquella noche, estaba triste. Cerró los ojos y deseó con todas sus fuerzas que la imagen que tenía en su cabeza fuese real. Deseó transportarse a otro lugar. El deseo fue tan intenso que incluso sintió el roce de una mano acariciando la suya. Ya no olía a llamas y cenizas: el coco sustituyó a la sal y la vainilla al fuego. Sin embargo, cuando los abrió de nuevo seguía allí, sola, ante la hoguera, con su papel en blanco, con su mente vacía de deseos, con su corazón desprovisto de sueños. Asumió que la única manera que tenía de estar a su lado, era cogiendo un autobús. Y eso no ocurría solo en ese aspecto. Era algo que se repetía una y otra vez. Por mucho que quieras algo, no lo conseguirás si no lo buscas. No pensaba malgastar tinta en escribir una frase. Era una costumbre idiota. Lanzó el papel al fuego. Vió cómo ardía y no le importó: no había nada que pudiera nacer de ahí. Y de repente, tuvo un deseo muy muy fuerte. Caminó hacia la hoguera. Esa noche, ella quería consumirse con ese fuego. La niña que llevaba en su interior se quemó junto a la ilusión y la magia. Ahora solo quedaba la mujer. La mujer caminando en un mundo de sombras lo suficientemente fuerte como para destruír a todos sus fantasmas sin magia, sin amor, sin nada. Completamente sola.

.

Que tu mundo se derrumba y no sabes por dónde empezar a reconstruirlo. Que desearías volver a ser una niña y que las cosas fueran sencillas pero no puedes controlar el tiempo: eres mayor, las cosas son dificiles y tú tienes que tratar de simplificarlas, pero solo consigues el efecto contrario. Hacerlas más y más complejas.
No sé porque hoy. Hoy es uno de esos días ñoños en los que solo quieres dormir, dormir, y dormir. Tal vez porque son hogueras. Tal vez porque es uno de esos días que compartías con ella. Tal vez por eso te acuerdas mucho más, la sientes más contigo y asumes que por mucho que cierres los ojos y desees con todas tus fuerzas estar donde ella está, no lo consigues. Eso es lo que me duele. Que no podría desearlo más y no se cumple, y dejo de creerme eso de que si uno desea algo con el corazón, si de verdad es con el corazón se hace realidad. Es totalmente mentira.

21 de junio de 2011

Destrucción.

No sé porqué, pero cada vez que mi mundo parece derrumbarse y no le encuentro un sentido a nada me acuerdo de ella. Me acuerdo de cómo llegó a mi vida para cambiarla. De cómo me hizo ver cosas que no sabía ver. Y entonces, parece que las piezas empiezan a formar algo. No sé muy bien lo que es, pero por lo menos encuentro la fuerza para seguir intentando que todo tenga un sentido...

20 de junio de 2011

Infancia.

Algunas veces me siento fuerte. Siento que puedo con todo. Que soy una chica independiente, imparable. Que sé lo que quiero y que aunque dude, en el fondo lo sé. A veces tengo la total seguridad de que puedo conseguir todo lo que me proponga gracias a esa fuerza de voluntad.
Sin embargo, otras veces toda esa fortaleza se desmorona. Y me convierto en una niña débil y desprotegida, en una niña que necesita el calor de los abrazos, el salón de su casa, que la lleven de la mano. Alguien que no sabe encontrar su camino, perdido. Hay días que echas de menos más que otros. Días que si pudieras pedir un deseo, sería recuperar la inocencia y volver a aquel tiempo en el que aún nadie te había herido, en el que aún no te odiabas a tí misma por ser débil, porque nadie piensa en la fuerza cuando no tiene nada contra lo que luchar. Por suerte solo son eso, días. Que se hacen largos quizás, pero en realidad son fugaces. Terminan y vuelves al ahora, al "aquí estoy yo y voy a triunfar".

10 de junio de 2011

Reiniciar.

-¿Cómo te sientes?
-Como un vaso que se ha roto en mil pedazos. No sé si algún día podré encontrarlos.
Frases de película que llegaron a tu cabeza 24 horas antes que a tus oídos. Creo que sé por qué me gusta tanto el cine. Porque puede enseñarte cosas que jamás has sentido o hacerte reflexionar sobre todo eso que sí que has vivido.
-Todos podemos.
-No todos somos tan fuertes.
-Yo no soy tan fuerte.
-Sí si lo eres.
-No no lo soy.
-Creeme: lo eres.
-Soy fuerte porque cuando necesitas serlo sacas la fuerza de cualquier parte, ¿lo entiendes? Yo no nací siendo dura, ni fría, ni independiente. Yo me hice así.
Hay momentos en los que te da rabia que todo el mundo parezca creerte capaz de cualquier cosa. Todos lo somos. Todos somos capaces cuando tenemos que serlo. ¿Por qué nadie lo entiende? ¿Tan díficil es entender que uno no huye cuando no tiene de que huir?
Y me entran ganas de llorar. Y soy incapaz de encontrar las palabras que describen este sentimiento que se hace fuerte en mi pecho, que se expande por todo mi cuerpo, que contrae mis músculos, que desquebraja mis articulaciones, que me hace débil, que me congela.
Hoy tengo uno de esos días en que me gustaría tirar la toalla, pero me digo a mí misma que esos días, como todos, acaban.

8 de junio de 2011

No encontrar las palabras.

5:35 de la tarde. Suenan "Los días raros", Vetusta Morla. Sin lugar a dudas, hoy es uno de esos días raros. Últimamente casi todos lo son. Tengo que estudiar, tengo que estudiar, tengo que estudiar. Pero sobre todo, tengo que encontrarme. Me resulta díficil, rozando el límite de lo imposible explicar esta dualidad. Cada vez más. Intento encontrar el modo de hacerlo. Porque yo misma necesito entenderlo, pero no puedo. Lo intento con todas mis fuerzas y no lo consigo. Buscar una respuesta lógica a la eterna pregunta, un porqué. Un, "¿Por qué yo?". Me gusta creer que llegará un día en el que sea capaz de recomponer los fragmentos en los que ahora mismo está dividida mi vida. Esa vida que era como un gran palacio de cristal hasta que un día se rompió en mil pedazos. Tardé en darme cuenta, y cuando abrí los ojos y ví cómo estaba la situación, habían pasado muchas tempestades y los pequeños trocitos... ya no sé dónde están. Trato de encontrarlos. Quizás en su interior se hayen también esas respuestas. El caso es que necesito tener fe. Tal vez Dios no exista, tal vez no exista nada, tal vez los finales jamás sean felices. Pero yo necesito pensar que es así, que las cosas terminarán saliendo bien. Es el único modo que tengo de no derrumbarme. Pensar que algún día, podré sentir lo que debo sentir y no lo que siento. Pensar que podré recordar todo esto sin dolor, sin daño. Pero ahora mismo... veo ese día tan lejano como el mismo juicio final. O incluso más. Ahora mismo la verdad es que todo es oscuro.
A veces siento que no sirve de nada esforzarse. Que sería mejor seguir viviendo a lo loco, sin coherencia, con sonrisas y con lágrimas de ese modo que yo sé. De ese modo al que me acostumbré a vivir. La verdad, que a día de hoy es el modo que veo normal. Y siento eso porque por mucho que cierro los ojos, que pienso, que me conciencio, que me mentalizo... por mucho que le digo a mi cabecita "las cosas son así, así tienes que verlas" no puedo. Es como si por mucho que el niño se repita a sí mismo (y le repitan) que no existe el monstruo de debajo de la cama, sigue encontrándoselo cada noche. Durante un tiempo eso nos pasa a todos, es normal. Tenemos miedos. Miedo a dormir con la luz apagada o miedo a dormir sin peluche. Pero nos hacemos mayores, dejamos de hacernos pis en las sábanas y dejamos de soñar y de imaginar. Ahora bien, ¿si el tiempo pasase y el niño jamás creciera? Me pasa un poco algo así. Tengo que reconocerlo: pensé que sería más fácil.
Hace unos días tuve una conversación interesante. Trataba sobre sentimientos y pensamientos. Me hizo reflexionar. No es díficil que algo me haga reflexionar, la verdad. Es cierto que suelo pensar sobre casi todo, incluso sobre el por qué de las formas de las piezas del tetris. El caso que aún sigo dandole vueltas a dicha conversación. En un primer momento afirmé que debemos dejarnos llevar por los sentimientos, por duros que estos sean. Por mucho que a veces duelan, quemen, escuezan y rocen la locura. Son fuertes e indestructibles, grandes, propios de cada uno, incontrolables y si no los sigues jamás podrás conseguir ser feliz. Ahora bien, ¿siempre? ¿Quién les da la fuerza a esos sentimientos si no somos nosotros mismos? Tal vez, aunque yo sea una persona bastante "sentimental" en este aspecto de mi vida tenga que esforzarme aún más en alimentar el pensamiento. Porque el pensamiento lo puedes controlar. Puedes pensar lo correcto pero sentir lo incorrecto y eso es lo que me pasa a mí. Que tengo claro que mis sentimientos son erroneos. Que sé cuando meto la pata. Lo he asumido. He asumido que soy absolutamente imperfecta, que hay algo en mi cabeza que no funciona bien. Quizás un exceso de incoherencia. Pero ese descubrimiento no me hace fuerte. Es más, hace que me sienta aún más débil. Incapaz de elegir lo que siento y al mismo tiempo incapaz de controlar mi felicidad que es algo lejano cuando todas las opciones posibles tienen fallos. Y ni siquiera mis palabras tienen sentido. Trataré de explicarme a modo de metáfora. ¿Por qué me gustan tanto las metáforas? Quizás porque son formas simples de explicar cosas complejas. Soy como una avispa. Una avispa que se muere por clavar su aguijón en el cuello de un hombre. Es la única forma que tiene de ser feliz. Sino seguirá volando sin rumbo eternamente por el bosque. Pero si le pica, si le inyecta su veneno, morirá. ¿Qué se supone que tiene que hacer? ¿Cuál es el modo de salvarse? Busco una respuesta. Y no la encuentro.

5 de junio de 2011

Tú.

Te dije que no me quedaría sentada esperando a que sonara el teléfono. Creo que nunca llegaste a entenderlo muy bien. Puede que todo lo que sentía por tí viniese motivada por esa atracción hacia lo diferente, por eso de que parecías vivir en un mundo paralelo en que incluso el tiempo se medía en unidades diferentes. ¿Sabes lo que más envidio de tí? Esa capacidad que posees de deternerlo todo cuando no puedes pensar ni implicarte en nada. Yo no puedo. Para mí el mundo siempre sigue avanzando, soy incapaz de congelarlo todo. Y tú tampoco pudiste pararme a mí. Ahora es como si yo estuviese en el siglo XXI y tú te hubieras quedado en el XX. Que complejo es todo. Pero lo cierto es que te miro y solo veo recuerdos. Simples recuerdos que no son nada más que imagenes de mí memoria. De helados con sabor a "hoy no quiero hablar con nadie". De luces de colores en la cabecera de camas interminables. De mordiscos en los papos, de caricias en la espalda. De muchas cosas, pero recuerdos. ¿Sabes que es lo mejor de los recuerdos? Que nadie te los puede arrebatar. Quizás por eso, aunque no terminen tan bien como podrían haber terminado, vivir las cosas vale la pena.

2 de junio de 2011

Que te duela la cabeza de tanto pensar.

La verdad es que trato de entenderme y no lo consigo. Me cuesta descifrar lo que siento pero en cambio soy incapaz de cambiar lo que pienso. ¿Puede decirse que soy una persona demasiado racional? Quizás. ¿Fría? También. Sí, es cierto. Es cierto que me niego a dejar que mi vida sea guiada por una única emoción. Que me niego a olvidar que siempre hay algún motivo para sonreír. Que creo que cuando te faltan fuerzas, aparece alguien y se convierte en tu motor. ¿Por qué soy así? Quizás porque si dejase que un vaso de agua fuese capaz de ahogarme, llevaría muerta mucho tiempo. Quizás porque sé a ciencia cierta que uno es libre de cambiar aquello que no le gusta. Quizás porque he asumido que para entender la felicidad hay que conocer la tristeza. Tantos quizás, tantas preguntas sin respuesta, tantos misterios....