31 de julio de 2011

Tú. Y esa maldita habilidad para colarte en mi cabeza.

Camino por un sendero rumbo a la indiferencia. Sin embargo, aún está lejos. De repente apareces y me dices que soy algo "raro, especial, diferente al resto del mundo" y ni siquiera consigo odiarte. No sé lo que es verdad y tampoco sé lo que es mentira. Solo sé que en algún momento de mi vida, tu casa se convirtió en "nuestra casa". Que cuando pensaba en tú y en yo me salía un nosotros. Que no era amor, y eso hacía que fuera facil quererte. Porque no implicaba nada más que compartir largas noches de frío y soledad, acurrucada en tus brazos. Llegué a odiar tu bohardilla porque dejaba a la luz despertarme a las siete de la madrugada y tenía todo el tiempo del mundo para mirarte y pensar en qué sentía por tí. Quizás ese es mi problema: que pienso demasiado.
Pienso tanto que también pensé que estarías a la altura de las espectativas que había creado para tí. Es obvio que me equivoque. Creía que me complementabas, pero no fue así. Y miento si digo que no te culpo por ello. La culpa también fue mía. Esperaba demasiado, siempre espero demasiado. Pero en el fondo es normal. ¿O no? Tú me conocías. Y sabías que de mi boca jamás iba a salir un "te necesito". Luchaste por cambiar esa faceta de mí, pero soy así, es lo que hay. Demasiado orgullosa. Lo sabes. Siempre lo has sabido. Así que ahí estaba yo. Perdida y sola. Deseando que aparecieses y continuases cumpliendo tu labor de hacerme sonreir. Esa que hacías porque querías. Sin embargo no aparecías. Así que fuí volviendome piedra. Y digo piedra, no hielo. Las piedras no se debilitan ni ante los efectos del calor.
De repente, escuché tu voz. Sabía que me estabas hablando sin embargo era incapaz de descifrar tus mensajes. Y sin entender nada entendí todo. Entendí que habíamos viajado a través del tiempo y el espacio, que estabamos muy lejos, en otros planetas, hablando distintos idiomas. Necesitando diferentes cosas. Todo se empezó a torcer cuando comenzamos a andar en ritmos diferentes, cuando yo me paré y tú no te percataste de ello y seguiste hacia delante, perdiendote en la lejanía de mis sentimientos, convirtiendote en recuerdo y en esperanza. Abandonando el tiempo presente. Seguiste chillando, como si pensases que si me esforzaba lograría contestarte. Jamás fue así. Y no lo será. Ya es tarde. Vino la decepción y se convirtió en el tercer vertice del triángulo de nuestra relación.
Tú ya no me conoces. Y yo a tí tampoco. Escuece. Mucho. Mirarte y no verte, buscarte y no encontrarte. Saber que puedo volver a ver tu cuerpo pero tú... tú... tú ni siquiera existes. Solo fuiste un producto de mi imaginación. Esa imaginación que se empeña en idealizarlo todo. Y nuevamente al bucle de todo lo que nunca llega a ser lo que pensabas que sería. Todo excepto... bueno. Eso ya es otra historia. No más ñoñerías por hoy.

Parte ñoña.


Yo antes era capaz de escribir cosas bonitas que nada tenían que ver con el amor. Antes solía tener variedad de pensamientos. Ahora casi todos los estás ocupando tú. Y a mi esta situación me está empezando a volver loca. Tengo miedo de asfixiarme de verdad. Ya sabes, no soporto necesitar, no soporto necesitarte. Tengo miedo. MIEDO. ¿Qué digo miedo? PÁNICO. Pánico de todo esto que siento por tí. ¿Por qué no puedo esquivarlo? ¿Por qué no puedo marcharme? Ya lo hice una vez. Y no salió del todo mal. Vale, mentir no es lo mío. Salió fatal. No puedo escapar porque sería tropezar dos veces con la misma piedra. Porque a estas alturas ya he aprendido que la mejor forma de perderme es huir de lo que siento por tí. Joder. Asqueroso amor. ¿Amor? No, amor no. El amor es algo que ya está demasiado visto. Una de esas palabras que se utilizan con tanta frecuencia que ya ha perdido su definición original. Llamemoslo X. O mejor, Z. Hay ya demasiadas cosas que se llaman X. Pues asqueroso Z. Con lo bien que vivía yo siendo una chica de hielo. O engañandome creyendo que lo era. Una irrealidad que creía real. Me culpaste muchas veces por ello. Me odiaste por huir, por no ser capaz de admitir que te quería. Pero, ¿es que no lo entiendes? Yo solía ser fuerte, solía poder con todo. Solía escribir historias de miedo y de aventuras. Solía tener muchos pensamientos al día. Y tenía una habilidad increíble para ilusionarme, para ser un punto al lado de una coma incapaces de formar el punto y coma, para dejar que el aire corriera entre mi cuerpo y aquel que dormía a mi lado. Y ahora... ahora eres mi primer y último pensamiento del día, también el de en medio. Ahora soy tan débil que sé que si me dejaras me partiría en mil pedazos. Tan débil como para que mis labios parezcan estar imantados a los tuyos. Mierda. Sí, soy tan débil como para no poder controlarme, como para verte y querer destruirte a besos, y hacerte el amor y todas esas cosas que siempre me dieron un poco igual. Tan débil como para escribir todas estas ñoñeces. Pero es que no puedo evitarlo. Te haces querer. ¿Por qué lo haces? ¿Por qué me haces ser así? ¿Por qué haces que no me reconoza? Para ya. Yo soy la que nunca llora, la que no necesita, la del punto de vista racional. ¿No te lo crees? Es cierto, me conoces. Me conoces mejor que nadie. No puedo engañarte a tí tampoco. No puedo decirte que no te quiero porque no me creerías. Venga. Si alguna vez intento frenar todo esto recuerdame que es imposible. Así por lo menos no perderé el tiempo intentando olvidarte.

30 de julio de 2011

¿Pasado? ¿Futuro? Presente.

Hay días en los que me levanto con ganas de añorar, de echar de menos. Días en los que no puedo evitar pensar en cómo sería mi vida si no me hubiese arriesgado a probar suerte con algo que podía gustarme o no. En cómo de feliz sería si fuera capaz de conformarme con buenos resultados como "administradora y directora de empresas" (¿Se dice así?), o si jamás me hubiese equivocado eligiendo mi camino y hubiera tenido claro desde un primer momento que quería ser, yo que sé, psicóloga. O... podría seguir. No serviría de nada. Lo cierto es que el ayer siempre está presente. En cada decisión, en cada paso. El ayer no tiene vida propia pero es parte de lo que somos, existe y no se puede modificar. Es como cuando le compras a un niño uno de esos libros de colorear. Los bordes de los dibujos ya están hechos, ya está decidido si lo que pintas es una casa o un árbol, pero el poder del pequeño es elegir si quiere que sea un árbol verde común o si por el contrario, quiere que sea de algodón rosa con frutos color coral. El niño puede elegir, limitado por la variedad de colores que hay en su estuche, cómo será finalmente ese árbol. Puede elegirlo aquí y ahora, en el presente. Pues mi presente se desarrolla en un acogedor piso madrileño, de cuatro habitaciones en el que casi siempre da el sol. Después de dar muchas vueltas, de idas y venidas, de probar, de arriesgarse y meter la pata, podría decir que este es mi lugar. O por lo menos, un lugar en el que me quedaré durante el tiempo que necesite para descubrir quién soy y hacia dónde quiero ir. Durante este año la niebla que cubría mi vida se ha ido haciendo menos densa. Sigue existiendo, el miedo me sigue dominando, sobre todo ese maldito miedo a no estar a la altura de las espectativas de los demás y de las mías propias, el miedo a decepcionar o a no ser lo suficientemente buena. Sin embargo, puedo verlo todo con más claridad. Y ahora tocan las vacaciones, unas vacaciones que parecía que no iban a llegar nunca. Toca cambiar de escenario durante poco menos de un mes. Toca retroceder al pasado y no saber cómo lo verás desde tu nueva perspectiva. Toca pasear por las calles de tu infancia y que te resultan diferentes. Toca valorar las sonrisas al entrar por la puerta de casa, las conversaciones familiares, las noches de televisión con la manta para resguardarse del frío del norte. Tocan tardes de filán, de arena y mar. Toca viajar. Toca querer convertir los campos en ciudad, añorar la independencia. Y tener siempre presente que la rapidez con que pasa el tiempo dota a los momentos de una gran brevedad. Así que nada, proximamente colorearé el árbol, no sé si de rosa o de morado, pero sé que será un árbol de esos que a mi me gustan.

Caos.

Una habitación. Oscuridad. Sin embargo, te sientes más o menos a gusto. En realidad eres incapaz de sentir, no sientes nada. De repente entra alguien. Enciende la luz. Entonces comienzas a observar todo lo que hay a tu alrededor. Montañas y montañas de objetos que no poseen valor, ni siquiera función. Y entre ellos, a base de revolver, vas encontrando un peluche que te recuerda a tu infancia. Aparece un corazón por todos aquellos besos que nacieron en tus labios. Un coche de latón por cada viaje rumbo a lo desconocido. Una zanahoria por ese conejo que tenías cuando eras niña. Sí, son recuerdos condimentados con emociones, con sentimientos. Todo es un absoluto caos. Tan caótico que sabes que hay más cosas importantes escondidas en esa gran montaña de trastos inservibles que no te dejan ver. Sabes que tardarás mucho tiempo en encontrar aquello que buscas dentro de ese desorden. Pero por lo menos, la luz se ha encendido. Ella la ha encendido. Y ahora sabes que no puedes quedarte sentada. Que para encontrar hay que buscar.

29 de julio de 2011

Demasiado lejos.

No puedo evitar preguntarme preguntas que no sé responder. Pero es que apareces y me das respuestas a interrogantes que ni siquiera he llegado a plantear. No sé cómo ocurrió todo. Solo sé que una mañana, me desperté a tu lado y me quedé contemplandote durante más de 5 minutos. Jamás me había pasado eso. El despertarme ahí, abrazada a tí. Y de alguna manera, mis bordes parecían encajar con los tuyos: me dejabas la cantidad de aire justa que necesitaba para respirar. Sin embargo, todo eso se fue desvaneciendo poco a poco. No sé si fuí yo, o fuiste tú. Tal vez mis extremos fueron deformandose hasta el punto que ni siquiera podían rozar los tuyos. Comencé a mirarte sin verte. ¿Sabes? Desapareciste. Justo cuanto más te necesitaba. Yo no quería compartir contigo el resto de mi vida y probablemente tú tampoco, pero caminabamos al mismo ritmo. Cuando empezamos a frenar y a acelerar, todo se fue a la mierda. No voy a negar que me gustaría que las cosas fueran como antes, poder seguir confiando en tí. Pero estamos tan lejos. Demasiado lejos. En otro planeta. Me atrevería a decir que en otra época. Lo jodido es que eso no hace que no te eche de menos.

28 de julio de 2011

Mentía.

¿Recuerdas cuando te dije que era la persona más fuerte que jamás ibas a conocer? Mentía. Lo cierto es que tú tienes el poder de destruirme. Mi fortaleza termina donde empieza esa dependencia que tengo de tí.

27 de julio de 2011

Miedo al futuro.

Muchas veces tengo miedo a un mañana en el que no formes parte de mi vida. A un mañana en que ese séptimo sentido deje de funcionar, y no porque no sea necesario, sino porque el tiempo, la rutina o la distancia ganen la batalla. Odio sentirme incompleta cuando no estás. Odio sentirme impotente cuando todo el mundo puede darte mucho más de lo que yo te doy sin ni siquiera proponerselo, sin quererte la mitad de lo que yo te quiero.
Con frecuencia me gusta cerrar los ojos, e imaginar que algún día se de la vuelta a la historia. Que el destino se ponga de nuestra parte o nosotras tomemos decisiones que hagan que lo nuestro funcione y que podamos expresarnos con simples miradas. Pienso que nadie me hace sentir como tú y que ese sentimiento no puede morir en una voz al otro lado del teléfono. Y sí, asumo los riesgos que eso conllevaria. Asumo que no seríamos tan especiales, que discutiríamos con más frecuencia y que no viviríamos los momentos con tanta intensidad. Pero podría quererte sin barreras, sin los obstáculos que crea la vida y sin esos otros que creamos nosotras mismas. Es cierto, me da miedo el compromiso. Me da miedo el compartir 24 horas con la misma persona, me da miedo ver la misma cara al levantarme durante los 25550 días que espero seguir viviendo. Pero por algún extraño motivo, si se trata de tí creo que no me cansaría de esa imagen, que seríamos capaces de ganar ese pulso a la monotonía y a la indiferencia. Me gusta pensar que el amor es tan fuerte que puede con todo. Y en realidad, no me queda otra. Porque lo cierto es que yo antes solía ser fuerte. Pero apareciste tú y me volviste la persona más débil del mundo, capaz de derrumbarse con una simple palabra proveniente de tu boca. Así que ahora tienes la obligación de protegerme. No puedes dejarme así, desprovista de valentía tirada en medio de la nada, no. Lo que pasa es que es inevitable no tener miedo. Miedo, miedo, miedo. ¡Maldito miedo! ¿Y si ese mañana nunca llega? ¿Y si nunca podemos comprobar si lo nuestro funciona?

26 de julio de 2011

Correr.

Corres. No sabes hacia donde te dirijes. Subes el ritmo. Quieres huir. Huir de los monstruos que te persiguen, de los fantasmas que anidan tu interior. Sigues corriendo. Pero sabes que tarde o temprano te quedarás sin energías. Y una de dos: o te quedas ahí, perdida, al acecho de nuevos depredadores dispuestos a devorarte, o regresas al lugar de donde partiste. A ese lugar donde, si te faltan fuerzas, alguien aparecerá con una espada dispuesta a matar monstruos por tí.

21 de julio de 2011

Sabor a caramelo.

La nevera estaba repleta de yogures de frutas. Los había de fresa, de platano, de macedonia... sí. Sobre todo le gustaban los de macedonia. Sabían bien, y ella solía comerlos con frecuencia. Sin embargo, un día acompañó a su madre al supermercado. Normalmente no solía prestar demasiada atención a la sección de petit-suise y copas de chocolate, porque no soportaba el sabor dulce y empalagoso. Sin embargo, un pequeño botecito de cristal llamó su atención. Se acercó para verlo mejor, era un yogur de caramelo. Decidió comprarlo. Durante varias noches siguió comiendo yogures de frutas. Sabía que le gustaban y prefería no atreverse a probar el de caramelo. Sin embargo estaba ahí, y su curiosidad era cada vez mayor. Definitivamente, decidió probarlo. Lo abrió. Tomó una cucharada. Esperó durante unos segundos. No sabía si le gustaba. Tenía miedo de seguir comiendo. ¿Y si le dejaba un mal sabor de boca? Pero bueno. La verdad era que, en ese caso, siempre podría volver a los yogures de macedonia. Así que tomó otra y otra cucharada, hasta acabarselo entero. Era... indescriptible. Infinitamente más delicioso que ningún otro yogur en el mundo. El problema fue que, en aquel supermercado, dejaron de fabricarlos. Recorrió toda su ciudad buscando alguna tienda en la que los tuvieran, pero nada. Probó todas las marcas existentes y también se atrevió con nuevos sabores de esos empalagosos que antes habría descartado, cuando tenía claro lo que le gustaba. Pero ahora... solo pensaba en el maldito yogur de caramelo. A veces se arrepentía de haberlo probado cuando lo único que le quedaba era el recuerdo de aquel sabor tan multiorgásmico, capaz de hacerla tocar las nubes. Una vez al año, se iba con su familia a una ciudad de veraneo. En uno de los supermercados vendían yogures de caramelo. Esperaba ansiosa ese momento. Pero mientras tanto tenía hambre. Así que seguía comiendo yogures de macedonia, sin olvidar ni un solo segundo al yogur de caramelo.

Va de princesas.

La princesa tenía todo lo que podia desear. Toda la familia Real parecía adorarla. Tenía dinero, joyas, un palacio y apuestos príncipes que peleaban por poner en su dedo un anillo de compromiso. Sin embargo, no era feliz. Cuando veía un viejo espejo de cobre que colgaba de su habitación, una sensación rara invadía su cuerpo. No reconocía a la persona que veía. No sabía quién era. Se miraba constantemente y así, terminó odiando cada centímetro de su cuerpo. Poco a poco, su vida se fue desvaneciendo. Su familia no le hacía demasiado caso. En realidad, no parecían preocuparse de mucho más que de que sus sonrisas perfectas saliesen en las revistas y que todo el mundo les quisiera. La princesa estaba cada vez más y más triste, no soportaba aquel espejo ni aquellas noches solitarias, no tenía ganas de ver a los príncipes. No entendía porque querían pasar su vida con ella, si ni siquiera la conocían: no conocían sus sueños, ni sus miedos; no sabían lo que anhelaba, lo que buscaba, lo que había perdido, lo que sentía. ¿Cómo podían predecir que serían felices juntos?.
Un día la princesa decidió que ya no quería dormir más en su habitación. Bajó a las mazmorras de palacio y se encerró allí, en una celda. Pasaron los días y nadie se percató de la ausencia de la príncesa. Una noche, lloraba entre lágrimas: no tenía nada, ni siquiera fuerza ni esperanza. Y entonces, conoció a una chica que estaba presa en aquella mazmorra.
-¿Por qué lloras, princesa? ¿Por qué estás aquí?
-No lo sé. No tengo un sitio mejor en el que estar, y nadie en palacio me echa de menos...
La princesa comenzó a hablar con aquella chica que había sido encarcelada por robar un trozo de pan. Poco a poco, la mazmorra gris y oscura se fue llenando de colores. La princesa recuperó las ganas de salir. Con tiempo, consiguió regresar a su habitación. Consiguió mirarse en el espejo y verse ahí a sí misma. Consiguió todo.
Y la chica encarcelada, seguía en las mazmorras. La príncesa iba a verla todas las mañanas y tenía la esperanza de que, algún día, cuando fuera liberada, pudiesen vivir juntas y felices.

19 de julio de 2011

Ganas de tí


El tiempo pasa. Caminamos hacia delante, haciendo la cuenta atrás. Contando los segundos que faltan para verte, que de repente se han convertido en muchos menos. Aunque solo sea un pequeño aperitivo, un encuentro fugaz, fugaz pero intenso. Esas dosis de felicidad que eres capaz de regalarme. El roce de tu piel con mi piel, que me hace estremecer. Tu mirada oscura reflejada en mis ojos color miel. El dolor de las despedidas y el saber que habrá otro encuentro, otra pastilla de ilusión. Eres un tipo de droga especial: incluso sin consumirte, provocas adicción. Aunque no te tome, te necesito más cada día. Esa maldita droga en la que piensas al levantarte, al acostarte y... ¿para que negarlo? El resto del día. No queda nada. Y tengo ganas de tí. Y de mí. ¿Que coño? Tengo ganas de nosotras.

Tú y yo.

Tu conformismo y mi impulsividad,
Tu simplez y mi inestabilidad,
Tu cosmos y mi caos
Todo eso que hace que sea yo la que destruye y construye.
Siempre.

18 de julio de 2011

Polipolaridad.

QUIEREME. Necesito que me quieras. Olvídame, alejate de mí. Hazme el amor. Desnudame. BESAME. Manten la distancia. No invadas mi espacio. Deseame. MIENTEME. Hazme daño, hazme sufrir. Tirame al suelo. Pisoteame. HAZME SOÑAR. Llena mis noches de pesadillas. Jamás creas que te quiero. DESEAME. Deseame en silencio. Y gritalo en mi oído de forma que solo yo pueda escucharlo. No me pidas más. ABORRECEME. Juega con mi ombligo. Piensa en mí solo un par de veces al día. HIEREME. Haz que tengamos el orgasmo de nuestras vidas. No pienses en mi cuando no estemos pegados. ALEJATE. Ni se te ocurra entrar en mi mundo. ABRAZAME. Asume que nunca serás más que eso, más que un simple compañero de noches solitarias. Calienta mis noches frías. DERRITEME. Derrite ese puto hielo que no me deja vivir. HAZ QUE CREA EN EL AMOR.

Olvida todo lo que está en cursiva o en negrita.

15 de julio de 2011

Y pasan los trenes.

Los días van pasando. Las páginas del calendario van siendo arrancadas. El mundo se mueve y de alguna manera, algunas cosas nunca cambias. Por mucho que quieres que lo hagan. Y te sientes un poco impotente. Pero el monstruo te tiene atrapada. No puedes evitarlo. Lo sabes. A veces lo ignoras. Finges que no está ahí. Finges que eres feliz, y segura. Pero cuando chocas contra la realidad lloras. Solitaria. Tendida en el suelo frío, en un espacio que ahora sí, se te antoja demasiado grande. Necesitas un abrazo pero no quieres que nadie te lo de. No te gusta pedir abrazos. Finges que todo va bien. Sonríes. Marcas el número de telefono y te limitas a contar lo que eres incapaz de escribir cuando inventas una sinopsis. Acciones. Cuando hablas de los demás todo son sentimientos. Pero... ¿y los tuyos? los tuyos están congelados y nadie puede verlos. Quizás solo quien sea capaz de mirar a través de tus ojos, de intuir en la distancia que el momento en el que te tiembla la voz y cuelgas el teléfono es cuando ya no puedes más. Las cosas nunca salen como tú las planeas. Y aunque te guste inventar un mañana mejor que te ayude a ser fuerte lo cierto es que eres una débil de mierda. Muchísimo más débil de lo que todo el mundo cree. Y eso hace que te odies a tí misma. Confían en tí. Todo el mundo lo hace. No puedes estar a años luz de ser todo lo que puedes llegar a ser. No puedes. En este precioso 2011, venden botecitos de 59ml de energía. ¿Cuándo sacarán los de fuerza y valentía? Yo los compraría. Costasen lo que costasen.

14 de julio de 2011

Atarme a tí.


Primero, empezó en los puentes de Roma. Después, los enamorados del mundo ataban los candados en cualquier lugar y tiraban las llaves al mar. ¡Que costumbre tan estúpida! Sobre todo, cuando no te pertenece. No me gustan las metáforas ya escritas. Puede que para alguien esa tradición fuese algo. Pero lo cierto es que... si yo tuviera un candado, me ataría con él a tí para que nada ni nadie pudiera separarnos nunca. Tremendas ñoñadas que se le ocurren a una, a las 23:45 de un julio ni demasiado frío, ni demasiado caluroso. A veces, te odio. Te odio demasiado. Porque si no fuera por tí yo seguiría en esa burbuja, ajena al dolor, ajena a la rabia, ajena a la ira. Ajena a todos los sentimientos negativos. Desconociendo, o habiendo olvidado la existencia de los positivos. ¿Por qué me devolviste al mundo? Yo, que ya estaba acostumbrada a vivir en la irrealidad de mi botella de sangre y dolor.

Desaparecer.

En ocasiones toda tu vida parece no tener sentido. Y lo peor es que no puedes culpar a nadie que no seas tú misma. Es curioso. Te han hecho daño muchas veces, quizás demasiadas. Pero el único dolor capaz de destruirte, los únicos puñetazos con el poder de dejarte inconsciente te los has dado tú. Pierdes el rumbo. Te buscas, sin encontrarte. Y entonces te armas de valor. Te regalas una oportunidad. Decides luchar por aquello en lo que crees. Coloreas la última viñeta en blanco y negro. Y si con eso no basta, buscas algo en lo que apoyarte. Un plan que te devuelva las ganas de vivir en presente, que haga que no prefieras soñar a estar despierto. Puede que no sean más que simples maneras de autoengañarse. Pero la única forma de no desear un mañana es intentando condimentar el hoy. Y aún así, todo me sabe a poco después de haberte probado a tí. Y por mucho que la vida no se limite a ese momento en que nuestros cuerpos se juntan, lo cierto es que me cuesta dedicarme 100% a otra cosa que no sea pensar en tí. Joder. Es como si... como si pruebas el zumo de naranja recien esprimido. No me creo que después vayas a conformarte con el de carrefour discount.

Miedo.

Tengo que reconocerlo. Aunque siempre vaya de chica valiente, tengo miedo. Miedo a casi todo. Miedo a la soledad, miedo a perder el control. Miedo a encontrarme conmigo misma. Miedo a las paredes blancas, a los suelos frios. Miedo a dejar de quererte y a dejar de creer en los sentimientos. Miedo a quererte lo suficiente como para morir de amor. Miedo a la muerte. Y miedo a la vida. Miedo a los espejos, y a las cifras. Miedo al frío. Y al calor. Miedo a decepcionar. Miedo a que el miedo me aparte de la felicidad. Y sobre todo miedo a no estar a la altura de las espectativas que crearon para mí, a que esos putos miedos me impidan a ser todo lo que puedo y debo llegar a ser. Miedo a tener miedo. Joder.

13 de julio de 2011

No sé lo que quiero. Pero sé que te quiero a tí.

-¿Y tú, qué quieres ser de mayor?
-Yo solo quiero cambiar el mundo.
-¿Cambiar el mundo? ¿Vas a dedicarte a la política? ¿Descubrir alguna cura para una gran enfermedad?
-Que va. Odio la corrupción, me cuesta demasiado mentir y la sangre me da bastante asco. Solo quiero... hacer pensar a la gente, repartir gafas con puntos de vista diversos, construir un modo de transmisión de felicidad a través de sonrisas gratuitas por las calles de ciudades solitarias. No sé. Podría decirte que tengo grandes aspiraciones. Suena bastante bien. Todos esos padres orgullosos de sus hijos, grandes médicos, abogados, arquitectos... pero en realidad, yo me conformaría con conseguir cambiar la vida de alguien, cambiarla a mejor.

Hace años que tengo claro eso. En realidad, no hay muchas más cosas que tenga claras. He asumido que no puedo pensar en mañana. Aún así, sigo haciendo planes que sé que jamás cumpliré. Prometiendome que esta será la última vez y sabiendo que es una promesa inútil. Me gustaría tener cierta estabilidad. Viajar en tren, por lo menos, y no en una montaña rusa. Ir pasito a pasito y no a saltos. Pero cuesta tanto. Intento encontrar cuál es la pieza que no encaja en mí. Dónde está lo erroneo, lo enfermo. Lo busco. Pero no lo veo. No sé. Soy como un globo de helio. Si no me sujetan fuerte soy incapaz de anclarme a la tierra. Vuelo, y vuelo, y me alejo. Y estás tú, ahí, en alguna parte del mundo. Me sujetas. Consigues que me quede dentro de la atmósfera terrestre, que ya es mucho. Pero sigo estando ahí. Demasiado lejos de la tierra. Y si algún día me sueltas, estaré dispuesta a perderme para siempre. Eso sí. Creo que ya he cambiado algo. Por lo menos, te he cambiado a tí.

12 de julio de 2011

Demasiado espacio.

Creo que sé porque me gustan las habitaciones pequeñas. En ellas consigo no sentirme nunca sola. Como hay poco espacio eres capaz de llenarlo y entonces no necesitas nada más. En cambio, pasear por una casa grande y totalmente vacía hace que sientas que tienes que aferrarte a algo. Hay demasiado espacio. Y soy demasiado pequeña.

10 de julio de 2011

No sentir nada. O sentirlo todo.

Cuando no sientes nada puedes arrancarte la piel a pedazos, cortar tus brazos, arañar tu garganta con tus dedos, vomitar palabras y sentimientos, dejarte consumir, encerrarte, golpearte, dejar que te golpeen, aceptar la humillación. Puedes hacer cualquier cosa. Tu estado de indiferencia bloqueará la reacción natural de tu cuerpo. Hagas lo que hagas, será equivalente a estar durmiendo despierto y sin sueños. Cuando no sientes nada, nada importa. Y de repente ocurre algo que hace que seas capaz de sentir todo ese dolor. Hace que duela. Y al mismo tiempo nacen las ganas de arrancar ese dolor, de vomitarlo igual que antes vomitabas palabras y sentimientos pero de una forma más sana. Hace que intentes luchar contra los problemas. Te ata a la tierra. Te hace grande. Es ese hecho que provoca un giro en la historia. Pasar del nudo al desenlace. Empiezas a vivir. Por eso a veces pienso que resucité el día en que comencé a soñar contigo.

9 de julio de 2011

Historias que acaban sin tener un final.

No me gustan ese tipo de historias que acaban sin tener un final. Un día nuestros cuerpos se encontraban pegados, al siguiente estabamos tan lejos que ni siquiera puedo sentirte. Sigo dandole vueltas a todo lo que fuimos y a lo que pudimos ser. Puede que no lo fueras todo, pero fuiste importante. Echo de menos sentir aquello que sentía: el entenderte, el escucharte, el caminar sin hacer nada y haciéndolo todo, las tardes en que no era necesario más que tu compañía, las noches en tu colchón kilómetrico acurrucados en un rincón, el despertarme por la mañana y empezar a molestarte, la luz que entraba por la ventana de tu bohardilla, los baños infinitos, los masajes en la espalda. Tus gilipolleces, tus típicas bromas de apagar la luz, tu risa de idiota, tu forma de escribir de manera que no se entienda absolutamente nada, sin utilizar h's o poniendolas de más, sin puntos ni coma y sin ciertas palabras sin sentido. Echo de menos a esa persona que se quedó atrapada en un tiempo pasado. Y es que nosotros terminamos para siempre, murió el sentimiento. Pero no tuvimos final. Puede que para tí acabase antes que para mí, o quizás fue al revés. Puede que para tí empezase antes, o no. La verdad es que me pierdo. Cambias tanto de tiempo verbal que me es imposible establecer ese tipo de datos. Lo que sé es que no caminamos al lado. Cuando tú corres yo me quedo parada, y si yo corro y te alcanzo tú das marcha atrás. Y de repente, murió la pasión, murió la amistad, dejé de conocer a la persona a cuyo lado me despertaba ciertas mañanas. Ahora todo lo que puedo hacer es tocar tu cuerpo, pero no eres tú.

Bloqueo.

Las palabras son como los símbolos de un mapa. Pueden servir para explicar algo, aunque jamás reflejarán lo que es en su totalidad. Aún así, siempre me ha gustado escribir para encontrarme. Para evadirme. Para relajarme. No me suele costar demasiado encontrar el modo de decir lo que quiero decir. Tampoco crear historias a partir de algo sencillo. Ni hacer complejidad de lo simplificado. Sin embargo, ahora tengo que escribir algo. Seguir unas normas, unas reglas establecidas. En un periodo de tiempo también determinado. Que no puede ser mucho de cabeza, sino más bien de ojos. Poco sentimiento, mucha acción. Y eso, para alguien que incluso cuando está ocupado continúa pensando en lo que siente, en lo que quiere, en lo que piensa, en quién es, en por qué es así, en por qué quiere tal o cual cosa, en por qué piensa esto o lo otro... es dificil. Y entonces me bloqueo. Y pienso que si no sirvo para esto, no sirvo para nada. Que quizás debería volver a dedicarme a la economía y esas cosas incapaces de hacerme feliz por completo.

7 de julio de 2011

Que hubiera pasado...

A veces me pregunto qué hubiera pasado si me hubieses besado aquella noche de viernes, si tus labios hubieran rozado los míos antes de que las manos de aquel gilipollas que trataba de decidirse entre morena y peliroja hubiesen intentado colarse en mi ropa interior. ¿Hubieramos sido, como tú dices, geniales? No lo creo. Si teníamos que ser geniales, lo habríamos sido de todos modos. La vida no se define en un instante y los flechazos no existen, creeme. No te puedes enamorar de alguien que no conoces, y aunque digan que los ojos son el espejo del alma una mirada no dice todo a cerca de una persona. Quizás habríamos tenido polvos geniales. Hubiesemos pasado tardes geniales sentados en un banco cualquiera. Diría que habríamos tenido una rutina genial, pero tratandose de nosotros más bien diría que nuestros juegos también serían geniales, que nos odiaríamos de una forma genial y nos querríamos de la misma manera. Pero eso no es el amor. Eso son casualidades que hacen que una relación siga adelante. Juan llega pronto al trabajo. Ha salido de su casa 20 minutos más tarde de lo debido, pero por suerte, el tren también se retrasó, de forma que ambos entraron al mismo tiempo en la estación. Además, por averías en la vía, no efectua más paradas que su destino. Puede parecer un trabajador responsable, pero no lo es. Si el mundo no hubiese conspirado a su favor, lo más probable es que le hubiesen despedido. La verdaderamente responsable es Alicia. Siempre sale 20 minutos antes de casa. Y de esa manera, cuando el tren se estropea y las abalanchas de gente hace que caminen más despacio, consigue igualmente llegar pronto al trabajo. No sé si lo entiendes. Nosotros teníamos que haber entrado a trabajar y aún estabamos en la primera estación.

6 de julio de 2011

Amor. Así en frío. Así, a secas.

Hay quien cree que el amor es igual a rutina. A convivir 24 horas al día. A quejarse los lunes, enfadarse los martes, ignorarse los miercoles, reconciliarse los jueves más por necesidad que por otra cosa, salir a cenar los viernes y hacer el amor los sábados. Ver películas en el sofá del salón cada domingo para después, volver a empezar.
Yo creo que el amor es otra cosa. El amor es la pasión. Es eso que está ahí aunque no trates de cuidarlo cada día. Eso tan fuerte que no puedes dejar a un lado, que te atrapa, que te cambia, que te ayuda a creer que no existen los imposibles porque siempre piensas que no se puede querer más y terminas superando esos límites. Es un sentimiento imposible de describir con palabras, por bonitas que estas sean. Una montaña rusa de emociones capaz de alterar tu estado de animo. Ahora que yo me pregunto, ¿a dónde lleva esto? Algunas veces pienso que no importa hacia donde se dirija el camino, lo que importa es que es el único en el que sientes que estás vivo, que eres un ser humano y no un simple autómata obligandose a querer. Otras viene a mi mente una frase de Vicky Cristina Barcelona (malditas películas que por malas que sean te hacen pensar) Nuestro amor durará siempre, es para siempre. Pero no funciona. Por eso siempre será romántico, porqué es un amor inalcanzable. Puede que eso sea lo que nos ocurre. Que siempre serás mi imposible y que eso lo hace bonito. Porque lo que se suele hacer es rutinario, es cuidar un sentimiento que creas y nace poco a poco. Y lo nuestro es brutalidad, desenfreno, lucha contra lo establecido, algo inesperado, algo que te gustaría que no existiera pero existe... Pero es que yo no quiero hacer lo que se suele hacer. Yo quiero seguir soñando contigo y perdiendome en mil mundos diferentes para que vengas a encontrarme.

3 de julio de 2011

Parte 4.

Todo había sucedido muy deprisa. La bestia que había dibujado dos días atrás en una de las hojas de su cuaderno se había colado en su interior. Ahora estaban ahí, en el hall de una casa vacía y vieja un poco apartada de todas las demás. En el hall de una casa que había llegado a darle miedo. Cuando cruzaban el umbral de la puerta, las personas de su familia cambiaban. Su madre se volvía débil y cobarde, su padre agresivo y valiente. Elia, frágil como la porcelana. Y él... él... él ya no sabía quien era. Tenía las manos completamente manchadas. A su lado, un cuchillo. Delante, el cuerpo de un hombre al que algún día quiso muerto. En la otra punta de la habitación estaba ella, llorando. Las lágrimas hacían un viaje por las distintas magulladuras y arañazos de su cara. No tenía fuerzas para emitir sonido alguno. Corrió hacia su marido. Le tocó, le miró y lloró. Lloró mucho. Leo estaba temblando. ¿Qué había hecho? ¿Qué se suponía que debía hacer ahora? Técnicamente era un asesino. Había matado a un hombre que estaba ahí, en el suelo. Él no había llegado a eso. Él repartía golpes y heridas pero jamás había matado. ¿Quién era peor? ¿Eran iguales? Leo corrió al piso de arriba. Entró en su habitación. Rápidamente, revolvió el cajón de su mesita. Cogió un bloc entre sus manos. "Cuaderno de Leonardo, 1995". Siempre le había gustado dibujar. Lo abrió. Era un bloc lleno de colores. El primer dibujo, era él, su padre, el mismo hombre que ahora estaba teñido de rojo. Solo que por aquel entonces, era amarillo,verde, rosa y azul. Cuando él le preguntó porque le había pintado así, Leo contestó que era como un marciano porque era demasiado perfecto como para ser un ser humano, y por eso los colores. Después habían reído juntos y esa risa había inspirado el siguiente dibujo, que consistía en estrellas y corazones que volaban por el cielo. Era abstracto pero en su cabeza aquel momento había transcurrido justo así. En el tercero también estaba ella. Mucho más joven, mucho más guapa, espléndida. Feliz, le miraba sonriente mientras él miraba al horizonte. Y es que su padre solía perderse en sus pensamientos. De repente no pudo más. Esas imagenes le hacían daño, mucho daño. Ahora casi todo era negro azabache y rojo sangre. Su vida se había ido tiñendo de esos dos colores. Rojo, por los golpes y las palizas. Negro porque no pensaba que pudiera existir un futuro mejor. Lloró. Lloró con tal fuerza que quizás él le oyera desde el más allá. ¿Le perdonarían allí por todo? Él no le había perdonado. Ni siquiera matandole. Su muerte había sido rápida e indolora: él había conseguido destruir los últimos años de la vida de tres personas. Entonces supo que debía huir. Cogió la mochila más grande del armario, metió todos los cuadernos que pudo, sus colores y lápices, su telefono móvil y huyó. Salió por la ventana, a través de un arbol. Se limpió la sangre y corrió rumbo a no sabía donde. Cuando se dió cuenta se encontró allí, en la estación de tren. Miró la lista de próximos destinos. Cogió dinero y decidió sacarse un billete a Barcelona.

Crecer.

Creo que no me gusta crecer. Que una parte de mí sufre del síndrome de Peter Pan. Que tal vez en ocasiones desearía tener los 15 años que aparento. En realidad, quizás lo que pasa es que me he perdido una parte de mi vida que nunca volveré a recuperar, que jamás he vivido esos 15 años de borracheras, fiestas incontroladas y mentiras, que jugaba con muñecas y cuando me dí cuenta ya estaba filosofeando pensando en el futuro y deseando salir de una ciudad que me asfixiaba. No lo sé. Lo que se es que cuando veo fotografías de cuando era una niña, una parte de mí envidia aquellos momentos en que las cosas eran tan sencillas. En los que la diversión se encontraba en detalles insignificantes como comer un yogur. En los que no venían a mi cabeza tantos pensamientos inconexos incapaces de encontrar su lugar, ni tantos números, ni tantos calculos mentales, nada de nada. Me gustaría poder recuperar eso. Es cierto que casi todo me asustaba pero por lo menos pensaba que cuando fuera mayor podría con todo. Quizás ese sea el problema. Que ahora la esperanza aparece un par de veces al día. El resto del tiempo me siento incapaz. No sé si eso es pensamiento negativo o realismo, la verdad. Podría pensar que todo va a salir bien pero lo cierto es que no tiene porque ser así. La gente se muere, las relaciones se terminan y no todo el mundo es feliz. No sé el motivo por el que los seres humanos no conseguimos alcanzar esa felicidad. Igual es porque idealizamos el mundo que nos rodea. Pensamos que las cosas siempre tienen que ir bien y que si algo va mal, tiene que ser lo último en nuestra lista de prioridades, y no es así. Igual deberíamos aprender a valorar lo bueno. Pero a veces es tan dificil. Yo creo que podría dedicar toda mi vida y concentrar todos mis esfuerzos en alimentar ese optimismo y aún así, seguiría teniendo hambre. Somos inconformistas por naturaleza. Y eso no es malo del todo, porque nos hace superarnos.
Sea como sea uno puede tener una perspectiva analítica: saber decir, esta soy yo aquí y ahora. Tengo 20 años, estudio comunicación audiovisual, tengo motivos para ser feliz, tengo fantasmas contra los que luchar y realmente, no sé quien vencerá la batalla. No es seguro que gane y tampoco lo es que pierda. Por eso lucho, porque si fuese seguro uno de los dos resultados no serviría de nada hacer el esfuerzo. Tengo motivos para sonreír y levantarme cada día. Tengo un lugar al que puedo volver cuando me vuelva diminuta. Y otro al que ir cuando piense que el futuro no tiene sentido. Tengo la capacidad de soñar y soy capaz de repartir felicidad cuando me lo propongo. Necesito seguir conociendome y por eso ya vale la pena lo demás. Soy un pequeño mundo dentro de un mundo muy grande que quiero conocer. Y aunque a veces, en mitad de la noche me despierte en tu cama lo que realmente quiero es acostarme en ella cada noche.

2 de julio de 2011

No entender.

No entender hace que entienda que por mucho que me esfuerce hay cosas que jamás llegaré a entender, pero seguiré buscando respuestas a preguntas que no conozco. Me marea, me saca de quicio, me da vueltas para un lado y luego para el otro, como si estuviese jugando a la gallinita de ciega. Me pierde y no me vuelvo a encontrar. Y aún así sigo buscando una explicación, un algo a todo esto. Sé que nuestra historia terminó: terminó cuando murió el sentimiento que nos unía. Pero necesito saber qué fue verdad y qué fue mentira. Solo eso. ¿Por qué todo es tan dificil? Ojalá a mi me resultase tan facil todo. Ojalá pudiera inventar historias y creermelas. Pero no puedo. No puedo olvidar ni evitar los recuerdos y la nostalgia de lo que fue o no fue, de lo que pudo haber sido o nunca pudo ser.