27 de marzo de 2013

Soy una hipócrita.


Incluso yo, que proclamo llevar la sinceridad por bandera, que detesto los eufemismos, que me quejo de  los rodeos y la palabrería. Incluso yo, que me enfado por lo que no se dice claro, que hago oídos sordos a las verdades a medias. Incluso yo he utilizado demasiadas veces más de una vez cada una de esas excusas. Me he sentido mal al leerlas y reconocerme. Me he sentido cobarde y mentira. Y acto seguido me he auto-compadecido, pensando que no es para tanto. Que seguramente todo el mundo las haya usado alguna vez. Que de vez en cuando está bien guardar los puñales. Que siempre hay términos medios entre las caricias y los golpes bajos. Que quizás a nadie le guste escuchar un "no eres lo suficientemente interesante"o "no eres atractivo" (frases que, sin duda, sé decir si no queda más remedio, si no me queda más remedio). Pero todo el mundo no soy yo. Y todo el mundo no piensa que los eufemismos son absurdos porque, cuando alguien los escucha, entiende lo que esconden y la verdad duele más incluso cuando no es pronunciada en voz alta. Que no son para causar menos dolor, sino para sentirnos menos mal nosotros mismos. Un eufemismo es un disfraz y un disfraz es de cobardes. Y después, justo después, me he dado cuenta de que más de una vez se me ha acusado de utilizar las palabras como espadas. De saber hundir a los demás con miradas. Yo ya no sé qué es mejor. Y no hablo de mejor para mi, hablo de mejor en general. Si la verdad sin condimento o las mentiras a medias. Probablemente todos sepáis encontrar el punto medio. El equilibrio exacto entre doler y engañar. Sin lugar a dudas yo no lo consigo. O no se me entiende o soy destructiva. Tendré que callarme. Hablar es demasiado complicado (a veces, sólo a veces). 



25 de marzo de 2013

A ella siempre le faltan partes.

A C. le gusta cambiar de planes, aunque sea a última hora. Sin embargo no soporta los contratiempos y que las cosas no salgan como quería que salieran. 
C. no entiende esa gente a la que le gusta no tener nada que hacer. No hacer nada es aburrido. Vaguear es peor que morir escalando una montaña. 
Detesta que la pregunten si es mayor de edad - como si no hiciera ya media vida que lo es-. 
C. se cansa rápido de las cosas. Y de las personas. Si no hay nada que genere emoción no merece la pena. 
Algunas noches, C. lee un libro detrás de otro en lugar de dormir. Le gustan los libros cortos porque así no puede odiarlos antes de llegar al final. 
C. es curiosa. Quizás demasiado. Y (casi) siempre le cuesta no dejarse llevar. 
Cuando alguien dice algo con lo que no está de acuerdo, C. nunca se calla la boca. Hay quien dice que es demasiado dura. Ella prefiere llamarlo sinceridad. 
Cuenta la leyenda que una vez C. bebió dos cubatas la misma noche y tuvo que hacer esfuerzos horribles para no vomitar. Ya os podéis imaginar el aguante que tiene. 
A C. le encantaría saber dibujar bien. Entonces sería muy feliz, dibujaría cómics, haría muchos regalos para la gente que quiere y ... bueno. En realidad C. nunca ha tenido paciencia para ese tipo de cosas. 
Ojalá C. hubiese aprendido a tocar el piano cuando era pequeña. En otra vida quiere hacerlo. 
C. adora hacer listas.
A C. la gusta que la traten como una princesa. En todos los sitios menos en la cama. Bueno, quizás en algún sitio más tampoco. 
En cambio, detesta las pecas de su nariz. Quizás sin pecas nadie le preguntaría si es mayor de edad. 


(Cuando C. se hace una foto entera, suele recortarle una parte. Al fin y al cabo a ella siempre le faltan partes)


20 de marzo de 2013

Era como estar tan arriba que sólo podíamos caer.

Los finales nunca son tan bonitos como los principios, y cada paso nos acerca al lugar donde todo acaba. Allí donde parece que llegamos siempre más pronto que tarde. Y no es que yo quiera que eso suceda una y otra vez, pero cuando esperas todo por mucho que recibas nunca será más que suficiente. Es como estar tan arriba que sólo puedes caer.
Quiero volver a ser sorpresa, deseo y éxtasis auditivo. Volver a ver ese brillo en los ojos de la primera caricia en mi pechos y a descubrir tu lengua en mi ombligo. No me gusta que me conozcas lo suficiente como para encontrar mis cicatrices a ciegas. Que tus ojos se dirijan automáticamente a cada uno de mis defectos, incapaces de impresionarse por todo aquello que ya tienen demasiado visto. Porque ahora soy rutina, y costumbre, y piedra. Me quedaré quieta. Trataré de reinventarme. Y si hay una próxima vez nunca me acercaré lo suficiente para dejar de ser inalcanzable.


(Y yo siempre tan inconformista, sintiéndome tan pequeña y sintiéndolo todo tan grande)



19 de marzo de 2013

Como si olvidar mereciera la pena.

Habláis de los sentimientos como si se pudieran controlar. Como si pudiéramos coger el dolor, meterlo en una cajita y esconderlo donde nunca podamos encontrarlo. Como si olvidar fuera sencillo, como si mereciera la pena. Como si bloquearlo todo fuera la mejor de las opciones.
Lo he pensado muchas veces. Que ojalá me extirpase las partes que me hacían daño. Que ojalá pudiera arrancar los cristales que me arañaban el corazón, el estómago, el cerebro. Que ojalá pudiera olvidar qué era el sufrimiento para no sentirlo, para no sentirme. Olvidar todo lo que no me gusta, olvidar todas las lágrimas y la mayoría de las noches. Estar bien con todo aquello, con todo esto. Pero no. Ya no creo que merezca la pena. Hay demasiadas cosas que no podemos controlar y lo mejor es diseñarse a uno mismo para que el odio no desemboque en autodestrucción. Porque el respeto se exige, pero el cariño se gana, y un consejo que incluye la palabra falsedad como algo positivo definitivamente no puede ser bueno.



Aclaración a mi anterior post (y a todos los que vengan): Probablemente muchas veces escriba de cosas que no me gustan. Se debe, sobre todo, a que no me gusta hacer lo que no me gusta o lo que no siento. Eso no significa que piense que el mundo es un lugar horrible, o que sólo existe el dolor. Es sólo que a veces, sobre las cosas buenas no es necesario reflexionar (y digo a veces, porque de vez en cuando está muy bien escribir azúcar y muchas cosas bonitas). Pero si algo no soporto es que me digan lo que tengo que hacer. Sobre todo cuando lo que se supone que tengo que hacer es cerrar los ojos. Pienso que una de las cosas que hacen que el mundo no funcione bien es eso. Que creemos que es necesario no mirar las cosas malas y lo que es peor: que ver lo malo implica necesariamente dejar de ver lo bueno. El dolor existe y no querer verlo es engañarse a uno mismo. Y a mi no me gustan los engaños. Y no pienso sonreír sin ganas, porque sonreír sin ganas es la cosa más triste del mundo.

17 de marzo de 2013

"¿Y qué pasa si la realidad no es más que una enfermedad?"

- Deberías probar a ver el lado bueno de las cosas. No sé. 
- ¿Y de qué me serviría eso?
- Serías más feliz. 
- Es que no sé si quiero ser feliz. No si esa felicidad surge del auto-engaño. De auto-convencerme de que todo está bien cuando no es así. Simplificando los problemas hasta que dejen de serlo y cerrando los ojos para no ver los monstruos. ¿Es eso vivir, por muy feliz que llegues a ser? No sé. Prefiero ser realista. 
- Pero es que tú no eres realista. Tú sólo buscas fallos para poder decir en voz alta que algo no es lo que quieres e intentar cambiarlo, y lo consigas o no lo consigas volverás a entrar en otro bucle de inconformismo porque siempre habrá algo que limar. 
- ¿Y qué hay de malo en eso?
- Que jamás serás capaz de sentirte orgullosa de ti misma. 
- ¿Lo haces tú? ¿Lo hace la gente que no aspira a nada, que no quiere nada, que sólo espera que el tiempo pasa conformándose con una realidad que no le gusta pero que le tiene que gustar? El mundo no funciona bien, te pongas las gafas que te pongas, inventes las frases cursis que inventes. El mundo no funciona bien y no importa que te enamores, que haga calor o que folles todos los fines de semana.
- Solo trata de hacer que tu vida sea más sencilla. No puedes ir coleccionando problemas, guardándolos en tu mochila y seguir caminando como si no te costra, como si no pesaran nada en absoluto. 
- Yo no quiero hacer que mi vida sea más sencilla. Sólo quiero simplificarme a mi misma. Y no me sale. 


("Así es en gran medida como pasamos la vida. Viendo la televisión. Fumando porquería. Automedicándonos. Desviando nuestra propia atención. Cascándonosla. Negando la realidad.")

14 de marzo de 2013

Me sé la teoría de memoria.

Sé qué se supone que debo hacer. Por donde se empieza a terminar. Y llevarla a la práctica no sería tan complicado si no fuera más que cuestión de acción. Tan sencillo como escribir un libro lleno de palabras bonitas. Uno de esos libros que hablan de lo maravillosa que es la vida y de la inutilidad del sufrimiento. Llevarla a la práctica estaría a mi alcance si pudiera prescindir de los sentimientos. Apagar el interruptor que hace que todo duela. Cerrar la trampilla por la que se escapan todos los miedos. 
Pero escuece. Y lo peor es que ya me he acostumbrado. Que no me lo imagino de otra manera. Que ni siquiera sé si quiero imaginármelo. Demasiado duro, demasiado difícil. Entiéndelo. Entiende que cada vez que veo las cicatrices pienso que en cualquier momento pueden volver a sangrar. Que a veces el vértigo es tan grande que me tiro antes de caer con tal de no sentirlo. Con tal de no sentir(me).


11 de marzo de 2013

"Cuando no entiendes algo puedes hacer que signifique cualquier cosa"

Sé que dije que no escribiría, que no quería compartirme. Pero es que a mi las palabras por dentro me ahogan, y a estas alturas ya ha quedado claro que no me faltan virtudes pero me sobran defectos. Soy incapaz de reprimir un impulso y soy demasiado egoísta, sobre todo en lo emocional. Pero es que si no pienso en mi, ¿de qué me sirve pensar en los demás? Y créeme. Me he preguntado muchísimas veces por qué no podía salvar a todo el mundo. "Porque entonces te ahogas tú, así de simple. Y aún quedarán personas a las que no hayas podido dar la mano. Porque cuando salvas a alguien tienes que elegir a quien salvar".  La impotencia me asfixia. Pero a veces es necesario tomar el camino fácil. Bastante tiene cada uno con su propio dolor como para dejar que el dolor ajeno escueza. No podemos salvar a todo el mundo porque a veces todo lo que tenemos son palabras y gestos, y nadie aprende que el fuego quema sin haberse quemado. Cuando era pequeña imaginaba que las cosas serían mucho más sencillas. Me preguntaban qué quería ser de mayor y contestaba que quería ser importante. "- ¿Importante? ¿Ingeniera?" - decía mi padre. - "¿Bailarina?"- mi abuela. "- ¿Abogada? ¿Enfermera?" - mi madre. "- No, no. Importante" decía yo. Y la gente me miraba como se mira a alguien que tiene muchos pájaros en la cabeza, cosa de la edad. Pero es que de verdad yo pensaba que podía cambiar el mundo (y aún a veces lo sigo pensando, pero bajito, que no quiero ser ingenuidad). No me importaba el cómo, sólo el qué. No sabía aún que para llegar a cualquier destino es necesario conocer la ruta que se ha de seguir. Pero es que para encontrar una ruta también hay que saber a que lugar quieres llegar, y a mi siempre me faltan mapas, brújulas y sobre todo, un destino. "Las ganas no sirven de nada guardadas en una botella". Pero es que buscar sin saber qué esperas encontrar es agotador.
"- Pide un deseo. 
- Ya está. 
- ¿Qué has pedido?
- Si te lo digo no se hará realidad. 
- Si se hace realidad dejará de ser un deseo"
Pues también es verdad. Además, yo no creo en los deseos. Porque siempre pensaba lo mismo cuando soplaba las velas del pastel de cumpleaños, y nunca lo decía pero jamás se cumplía. Me gustaría tener las cosas claras. O al menos, por no pecar de egoísmo esta vez, por no pedir más de la cuenta, poder entrar un día en la cabeza de alguien que esté ordenado. Para saber qué se siente, porque sin duda debe de ser muy diferente a lo que siento yo. Si supiera a donde ir dejaría de correr sin ningún destino para volver al mismo sitio de siempre, siempre al mismo sitio. Igual debería haber cerrado los oídos hace mucho, cuando aún era capaz de pensar sin escuchar el ruido del exterior. Porque llegado el momento cada uno te dice una cosa diferente, todo es contradictorio y yo ya no distingo mi voz. Ni siquiera sé cuáles fueron mis ideas desde el principio, de qué me han convencido y qué sueños me han robado. "Haz las cosas que te den miedo", "Intenta no hacer lo que no te guste", "Debes aprender a encontrar placer incluso en aquello que odias, pues es un reto conseguir ejecutarlo a la perfección". Ni siquiera sé si es mejor entender las cosas o no hacerlo, qué parte de cada acto es valentía y cuál cobardía, cuándo es el miedo el que provoca la indecisión. Sabía cómo ser feliz y me dijeron que estaba mal, que tenía que cambiarlo. Que me estaba destruyendo a mi misma. Y decidí caminar y llegué a un punto en el que ya no podía ser feliz como antes, pero tampoco de otra manera. Y me quedé perdida en medio de la nada, y nadie vino a salvarme aunque pensé que lo harían, y cuando llegaron no quise darles la mano porque tenía miedo de que me hiciera daño, porque nunca sabes si el roce te va a dar alergia y llegados a ese punto ya había decidido no arriesgar. Pero uno nunca puede regresar a un lugar que ya ha sido quemado y así me quedé, sin saber a donde ir y sin fiarme de nada. Sin fiarme de nadie. Monstruos invisibles. Caos. Hace poco leí que ya no quedan héroes. En la vida real los monstruos vencen. Me pregunto si es verdad. Me lo pregunto a mi porque sé que si lo pregunto en voz alta me dirán lo que quiero oír. Y lo que quiero oír es justo lo que prefiero que nadie me diga.